Robcar disfruta un san valentín perverso con su culo perfecto
Esa tarde de febrero en el apartamento de Robcar, la ventana entreabierta deja entrar el ruido de los vecinos, como un recordatorio de que esto está mal, pero no pueden parar. Ella se agacha sobre el sofá, el culo redondo y firme se balancea mientras él le agarra las caderas con fuerza, los dedos se hunden en la carne suave. La polla grande entra de golpe, empujando hasta que los muslos de ella chocan contra los de él, los gemidos ahogados en el cojín donde muerde para no gritar. El sonido húmedo de cada envestida resuena en el silencio culpable, sus pieles brillan de sudor, las manos de él se deslizan desde las tetas hasta el clítoris hinchado, masajeándolo mientras la embiste sin piedad. Ella arquea la espalda, el pelo revuelto se pega a la espalda sudorosa, los labios entreabiertos exhalan "más fuerte" entre dientes, aunque sabe que cualquier ruido puede delatarles. Él la levanta de golpe, la gira contra la pared, el culo perfecto se abre para recibirlo otra vez, sus nalgas rebotan con cada embestida, los golpes secos de piel contra piel se mezclan con los jadeos entrecortados. Robcar clava los dedos en sus caderas, la penetra hasta hacerla gemir, la mirada perdida en el placer prohibido que los consume. Las piernas de ella tiemblan, los muslos se tensan, el orgasmo la recorre como un rayo, los músculos internos se contraen alrededor de él, llevándolo al límite. Él empuja una última vez, enterrado hasta las pelotas, y se corre con un gruñido sordo, el esperma caliente llenándola mientras ella se estremece, aún temblando de culpa y placer.