Pecosa pelirroja se chupa la polla y se corre con consolador
Apenas entró por la puerta con ese body ajustado que le marcaba las curvas y esos tatuajes que le dibujaban el culo como si fueran malditas promesas de pecado, no pudo resistirse a soltarle un tirón del pelo rojo fuego mientras ella se dejaba caer de rodillas en el suelo del baño con un gruñido de excitación que le hizo temblar los huevos al instante. La muy puta gemía con la boca entreabierta y la lengua bien afuera, ansiosa por probarle la verga que ya le colgaba dura como una piedra desde que la vio aparecer con ese piercing en el ombligo que no hacía más que recordarle lo puta que era cuando se mordía el labio inferior y le guiñaba un ojo con descaro. Sin perder un segundo le agarró la cabeza con ambas manos y se la empotró hasta la garganta sin avisar, sintiendo cómo su coño se le mojaba al instante al escuchar los primeros quejidos ahogados mientras los labios de ella se le aferraban a la polla como si fuera su último trago de agua en el desierto. Entre jadeos y saliva resbaladiza le pasó la lengua por toda la verga desde la base hasta la punta, lamiéndole los huevos con una suavidad que lo volvió loco antes de metérselo hasta las pelotas y empezar a mamársela como una posesa, con los pechos temblándole al ritmo de los empujones que le daba contra la garganta mientras él le gruñía al oído que era su puta favorita y que no pensaba soltarle ni un pelo hasta dejarla bien satisfecha. Cuando ya no pudo más y notó que los muslos de ella le temblaban como gelatina, la levantó en volandas y la estrelló contra la pared del baño con un golpe seco que hizo vibrar los espejos, le arrancó el tanga de un tirón y se la clavó por detrás sin piedad mientras ella chillaba como una loca y se agarraba a la barra de la ducha para no caerse de lo fuerte que la empotraba, con cada embestida haciendo que su culo se le moviera como un flan y su coño gotear miel caliente sobre el suelo. Pero lo que más le excitó fue ver cómo esa pecosa se corrió a gritos con el consolador enterrado hasta las bolas dentro de la concha, gritando su nombre como si fuera una maldición mientras los muslos se le ponían blancos del esfuerzo y la leche le salpicaba la cara en espasmos interminables hasta dejarla completamente empapada y con la piel erizada de placer. Cuando terminó, exhausta y sudorosa, le escupió un chorro de leche en plena boca y le exigió que se la tragara toda como una buena putita, mientras él le agarraba los pechos tatuados y se los apretaba con fuerza antes de darle un último beso húmedo y baboso en los labios hinchados por tanto mamar.