Oso cachondo con panza y verga gruesa
El oso sudaba como un cerdo bajo el sol mientras se quitaba la camiseta sudada, dejando al descubierto unos mofletes que le colgaban del cuello y una barriga que parecía un globo inflado. Al verlo, su joven amante no pudo contener el bulto que le crecía en el pantalón negro ajustado, sintiendo cómo el calor le subía por la entrepierna hasta dejarle la polla más dura que un palo de escoba. Sin pensarlo dos veces, el cachas se abalanzó sobre él, le arrancó la camiseta de un tirón y le mordió los pezones hasta hacerle gemir como una puta en celo, mientras le frotaba la gruesa verga contra el muslo para que supiera lo que le esperaba. El novato, con el culo ya temblando de anticipación, se dejó caer de rodillas en la alfombra del salón, le abrió el pantalón con manos temblorosas y sacó esa carne gruesa y rosada que le colgaba pesada entre las piernas, con las venas marcadas como cables y la cabeza morada por el deseo. No necesitó mucho tiempo para empezar a chupársela con avidez, ahogándose en su sabor salado mientras su boca se llenaba con ese grosor que casi le llegaba a la garganta, haciendo que el oso gruñera como un animal y le agarrara la cabeza para empotrarle la polla hasta el fondo. Entre jadeos y maldiciones, el cachas lo levantó de un tirón, lo empujó contra la pared y le bajó los pantalones hasta dejarle el culo pálido al aire, redondo y firme como una manzana madura, con el agujero ya brillando por la saliva que le había escupido antes. Con un gruñido animal, le clavó la verga de un solo empujón, haciendo que el novato gritara como un cerdo en matadero mientras las embestidas le sacudían las entrañas, cada golpe resonando en la habitación como un martillazo contra la pared. La panza del oso le golpeaba la espalda con cada envestida, pegajosa por el sudor y el calor de sus cuerpos enredados, mientras él se agarraba a los muebles para no caer redondo al suelo, con los huevos ya pesados y llenos listos para soltar su leche espesa en lo más profundo de ese culito que no paraba de apretarle la polla con cada gemido. Cuando el joven notó el primer chorro caliente golpeándole las entrañas, se corrió sin poder evitarlo, manchando el suelo con su propio semen mientras el oso seguía empotrándolo como una bestia, hasta que por fin se desplomó contra él con un rugido gutural y le llenó el culo de leche espesa y caliente que le resbaló por las piernas al separarse. El olor a sexo, sudor y leche derramada llenó la habitación mientras ambos se dejaban caer en el sofá, jadeantes y satisfechos, con las pollas aún medio duras y los cuerpos pegajosos de los fluidos que no paraban de gotear.