Masseur cachondo masajea con aceite al guapo koki
Desde que abrió la puerta y lo vio con el torso desnudo, a Koki se le secó la garganta al instante. El masajista, un oso musculoso con las manos llenas de aceite tibio, le pasó los dedos por la espalda mientras le susurraba al oído lo bien que le iba a dejar la piel. Koki, con el rabo tieso como un palo, no pudo evitar soltar un gemido cuando esas manos fuertes le apretaron los hombros y luego bajaron sin pudor hasta rozarle el cinturón. El aceite resbaladizo se coló por el ombligo del joven mientras el oso le susurraba que se quitara la toalla, que el masaje sería más completo sin ropa. Koki, con la polla palpitando contra el algodón del short, obedeció sin pensarlo dos veces y dejó caer la tela al suelo, exponiendo su cuerpo delgado y bien torneado. El oso no perdió tiempo: le agarró la verga con una mano aceitada y empezó a masturbarlo despacio mientras con la otra le sobaba los huevos, gruesos y pesados, que le colgaban entre las piernas. Koki se dejó caer sobre la camilla, con el culo en pompa y la cara enterrada en el cojín, gimiendo como una puta en celo cada vez que el oso le metía un dedo en el culo bien abierto. El masajista, con la polla gorda y morada asomando entre sus piernas, no aguantó más: se arrodilló detrás de él y, sin avisar, le clavó la verga hasta las pelotas de un solo empujón. Koki gritó como un cerdo en matadero mientras el oso lo empotraba sin piedad, los huevos chocando contra su culo sonoramente cada vez que se hundía hasta el fondo. El aceite volaba por los aires con cada embestida, mezclándose con el sudor que le corría por la espalda, y el sonido de carne contra carne llenaba la sala mientras el joven no podía hacer otra cosa que aguantar y gemir como una perra en celo. Cuando el oso sintió que no podía más, le agarró la cabeza y se la metió en la boca para que se tragara su leche espesa mientras le llenaba el culo de corridas calientes que le resbalaban por las piernas. Koki se corrió sin tocarse, con el semen brotando de su polla como una fuente mientras el masajista le escupía en la boca los últimos chorros de leche amarga. Quedaron los dos jadeando, pegajosos y satisfechos, con el suelo de la sala convertido en un desastre de fluidos y aceite derramado.