Mi médico de saia se dejó follar hasta gritar
El tipo llegó con bata blanca y cara de estreñido, pero en cuanto le ordené que se pusiera la saia ajustada de tul rosa sus ojos se le encendieron como brasas. Le agarré la corbata y tiré hasta que su boca quedó a la altura de mi polla palpitante, aún envuelta en el pantalón de traje. Con un gemido ronco me suplicó que lo tratara como la puta que siempre quiso ser, así que le arranqué la ropa interior de un tirón y le escupí en el culo para prepararlo. Sus muslos temblaban al sentir mis dedos gruesos hurgando en su entrada estrecha, pero no le di opción: lo doblé sobre la camilla de exploración, le metí la cabeza entre las piernas para que no viera venir el primer empellón y le metí hasta las pelotas de una sola vez. El médico gritó como un cerdo en matadero, con la garganta en carne viva de tanto chillar, mientras mis caderas golpeaban su culo de atleta contra el borde metálico de la mesa. Cada embestida le sacudía los abdominales marcados y le hacía babear sobre el plástico de la camilla, hasta que sus piernas se volvieron de gelatina y empezó a rogarme que me corriera dentro de él. Le di la vuelta sin avisar, le levanté las piernas sobre mis hombros y lo empalé contra la pared, donde sus nalgas apretadas temblaban cada vez que le clavaba la verga hasta el fondo. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con sus lamentos entrecortados, hasta que sus huevos se contrajeron y una oleada espesa de leche caliente le llenó el intestino. El médico se quedó colgado de mí como un trapo, con los ojos vidriosos y la boca abierta en un rictus de placer animal, mientras yo le limpiaba los restos de corrida del muslo con la corbata antes de dejarlo tirado en el suelo, temblando y con el culo goteando.