Mi esposa se dejó follar como una puta caliente
Llevaba días con el vestido ajustado y el escote bien marcado, moviendo ese culo grande que tanto me ponía mientras preparaba la cena. Las tetas le rebotaban cada vez que se agachaba a buscar algo en la nevera, y yo no podía aguantarme más. Sin pensarlo dos veces, la agarré del pelo y la empujé contra la mesa de la cocina, arrancándole un gemido cuando le bajé las bragas de un tirón. Su coño estaba empapado, resbaladizo entre mis dedos cuando lo toqué, y ella soltó un gruñido mientras me suplicaba que no parara. La levanté como si no pesara nada, le subí el vestido hasta la cintura y le metí la polla de un empellón que la hizo arquear la espalda y soltar un chillido agudo. Con una mano le apretaba las tetas mientras la embestía, y con la otra le tapaba la boca para que no gritara demasiado fuerte y despertara a los vecinos. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus muslos temblaban y el sonido de carne contra carne resonaba en toda la cocina. Ella se corrió dos veces antes de que yo le llenara el coño con mi leche espesa, empapándole las bragas rotas mientras se dejaba caer sobre la mesa, jadeando y con los ojos vidriosos. Después, se limpió con la mano el semen que le caía por el muslo y me miró con una sonrisa pícara, como pidiendo más. La verdad es que no era la primera vez que nos dejábamos llevar así, pero siempre terminaba igual: sudados, satisfechos y con ganas de repetir al día siguiente.