Esposa caliente se deja empotrar con vestido hasta las rodillas
El frío de la tarde le erizaba la piel a ella mientras se ajustaba el ajustado vestido negro que apenas le cubría las tetas generosas y le marcaba el culo prieto, pero a él no le importaba lo más mínimo porque solo quería clavársela hasta dejarla sin aliento. Con las manos temblorosas le levantó la falda hasta la cintura y le arrancó las medias de red sin importarle si se rompían, dejando al descubierto un coño ya bien mojado que goteaba sobre el sofá de piel fría. Él se bajó los pantalones con un tirón brusco y sacó una polla gruesa y venosa que ella agarró al instante, acariciándola con avidez mientras gemía su nombre entre dientes. Cuando por fin la empaló contra el reposabrazos, la esposa soltó un gritito agudo que resonó en toda la sala mientras él le clavaba los dedos en las caderas para hundirse hasta las bolas, sintiendo cómo su carne temblaba cada vez que sus caderas chocaban contra ese culo redondo y firme. Ella arqueó la espalda como una gata en celo, empujando contra él para que la penetrara más hondo, mientras sus tetas grandes rebotaban sin control con cada embestida violenta que le arrancaba gemidos guturales y palabras sucias que solo servían para excitarlo más. El vestido, ahora arrugado y manchado de sudor, le quedaba pegado al cuerpo como una segunda piel mientras él la follaba sin piedad, con los muslos llenos de marcas rojas por donde sus uñas se clavaban con desesperación. Cuando sintió que el orgasmo le subía por la espalda como un latigazo, ella se corrió gritando su nombre, empapando su polla con un flujo caliente que le resbaló por los huevos, mientras él, lejos de detenerse, le dio una última embestida profunda y se vació dentro con un rugido ronco, dejando su vientre temblando y sus bragas hechas trizas.