Manel Madeira descubre su polla dura mientras se la muestrea en el baño
La luz del baño brilla sobre los azulejos azules mientras el vapor llena el ambiente, creando un espejo empañado que solo permite ver siluetas borrosas. Te paras frente al lavabo, sintiendo el frío del mármol bajo tus manos, y dejas que tu mirada caiga hacia abajo, hacia la curva de tu polla ya medio erecta, pesada entre tus piernas. La agarras con fuerza, sintiendo cómo late en tu palma, y de repente te das cuenta de lo gruesa que está, más de lo que recordabas, y el descubrimiento te excita aún más. Empiezas a masturbarte despacio, deslizando la piel hacia atrás con la yema de los dedos, sintiendo los nervios bajo el glande hinchado, y gimes cuando una gota de humedad escapa de la punta. Cada vez más rápido, la empuñas hasta que el espejo se llena de tu reflejo, sudoroso y jadeante, y ves cómo tu vientre se tensa con cada movimiento. Te inclinas ligeramente, apoyándote en el lavabo, y dejas que la otra mano baje para acariciar tus huevos, sintiendo cómo se contraen con cada embestida. La respiración se te acelera, los gemidos se hacen más profundos, y de repente te das cuenta de que no podrás aguantar mucho más. La polla palpitante, gruesa y caliente, se hincha aún más, y sabes que en cualquier momento vas a estallar. Las caderas se mueven por sí solas, follando tu propia mano, y el placer es tan intenso que te muerdes el labio para no gritar. Cuando por fin te corres, el chorro caliente golpea contra el espejo, dejando manchas blancas que se mezclan con el vapor, y sientes cómo cada espasmo te sacude hasta los huesos. Jodes hasta la última gota, temblando, antes de limpiarte con una toalla y sonreír al ver el desastre que has dejado. La próxima vez, no te conformarás con solo tu mano.