La venganza de Josefina con su vecino musculoso en la cama
Josefina llevaba meses aguantando los suspiros de su marido con esa rubia de mierda mientras ella se quedaba en casa cuidando a los niños. Pero hoy la paciencia se acabó. Después de pillar al muy cabrón con los pantalones bajados en el sofá, no pudo evitar soltar un bufido de rabia y se marchó directa a la habitación con las tetas rebotando bajo la camiseta ajustada. Jason, el vecino del quinto, la escuchó gritar maldiciones desde el pasillo y se plantó en la puerta con esa polla dura que siempre le había puesto los pelos de punta. Sin mediar palabra, Josefina le agarró del cuello de la camiseta sudada y le metió la lengua hasta la garganta, mordiéndole los labios mientras él le arrancaba el sujetador con un tirón seco que dejó sus tetas al aire, duras y con los pezones duros como piedras. Jason la empujó contra la pared y se agachó para chuparle el coño por encima de las bragas mojadas, sintiendo cómo su aliento caliente le quemaba el clítoris antes de hundir dos dedos dentro de ella, sacándolos empapados y brillantes. Ella se retorció contra su boca, gimiendo tan fuerte que hasta el perro de la casa ladró en el balcón, mientras él se bajaba los pantalones y le mostraba esa verga gruesa que le había hecho soñar noches enteras. Josefina se tiró de espaldas sobre la cama y abrió las piernas como una puta en celo, ordenándole con voz ronca que la empotrara hasta dejarle el culo rojo. Jason no necesitó más invitación: se subió encima y le clavó la polla de un solo empujón, sintiendo cómo su coño estrecho se ajustaba a él como un guante mientras los jugos le resbalaban por los muslos. Ella arañó las sábanas, gritando que no se detuviera, que la reventara viva, mientras él le agarraba las tetas con fuerza y se las metía en la boca, chupándole los pezones mientras la embestía con golpes profundos que hacían crujir la cama. Cuando sintió que el orgasmo le subía por la espalda como un rayo, Josefina le clavó las uñas en los hombros y le obligó a correrse dentro, sintiendo cómo su leche caliente le quemaba el útero mientras los espasmos la dejaban sin aire. Jason se quedó tumbado encima de ella, jadeando, con la polla aún palpitando mientras Josefina le susurraba al oído que ahora sí que su marido se iba a enterar de lo que era una auténtica follada de venganza.