Policía corrupto obliga a las ladronas a chupársela para evitar la cárcel
El tipo llevaba meses usando su placa para extorsionar a unas universitarias de la hermandad que siempre pasaban por el almacén de su tío. Esa tarde, las pilló robando unos tangas de encaje y en vez de llamar a seguridad, las arrastró hasta el despacho trasero donde nadie las escucharía. Mientras las empujaba contra la mesa de madera con una mano en el cogote de cada una, les soltó que solo había una forma de salir de esa: que le demostraran lo que valían sus boquitas. La morena, con los labios aún temblorosos por el miedo y el coño empapado entre las piernas, se arrodilló primero sin que le hiciera falta decir nada más. Con la polla ya dura como el mármol y el prepucio rojo de tanto frotarse contra el vaquero, la muy puta empezó a lamerle la punta con movimientos circulares que le hicieron soltar un gruñido de satisfacción. La rubia, que no quería quedarse atrás, se le acercó por detrás para sobarle los huevos mientras su compañera se la tragaba hasta el fondo, con los carrillos hundidos y los ojos llorosos de tanto esfuerzo. Él, sin perder tiempo, le subió la falda colegiala y le arrancó el tanga de un tirón, dejando al descubierto un culo prieto y bien redondo que no pudo resistirse a palmotear con fuerza. La morena, al sentirlo, se la sacó de la boca un segundo para gemir que quería que la empotrase contra la pared, pero el poli solo se rio y le dijo con voz ronca que aún no había terminado de disfrutar su mamada. Cuando por fin se la clavó entre las nalgas, la rubia no pudo evitar gritar al sentir cómo la polla le abría el coño de par en par, dejando un rastro de babas y jugos que resbalaban por sus muslos. Las embestidas eran tan brutales que el escritorio crujía con cada golpe, y los pechos de las dos universitarias rebotaban salvajemente mientras el poli les recordaba que, si se quejaban, las entregaría a la policía de verdad. La morena, con la boca llena de leche espesa y caliente que le resbalaba por la barbilla, se corrió sin poder contenerse al sentir cómo el poli le llenaba el culo de semen espeso que le quemaba por dentro. La rubia, al verla correrse, no pudo aguantar más y se dejó llevar por el placer, gimiendo con los dientes apretados mientras el poli le apretaba los pezones hasta dejarle marcas rojas. Cuando por fin se quedaron sin fuerzas, el tipo se limpió la polla con el pelo de la morena y les advirtió que la próxima vez la cosa sería peor… si es que tenían suerte de que alguien las volviera a pillar.