Mamacita en medias se come la polla bien dura
La mamacita de 40 años llegó al apartamento con un vestido ajustado que le marcaba cada curva, mostrando unas tetas enormes y un culo que parecía moldeado para empotrar. Se quitó el abrigo como si fuera una provocación lenta, dejando al descubierto unas medias de red negras que le subían hasta el muslo, y unos tacones que le hacían caminar con un contoneo que ponía la piel de gallina. Él no pudo resistirse cuando ella se acercó, le agarró el bulto por encima del pantalón y susurró al oído que llevaba semanas soñando con chuparle esa verga hasta dejarlo seco. En cuanto la puerta se cerró, ella se arrodilló frente a él y le bajó la cremallera con los dientes, sacando esa polla gruesa y palpitante que le pedía a gritos que la metieran hasta el fondo. Con la lengua le lamió el glande mientras le agarraba los huevos, sintiendo cómo se le ponían duros y pesados en la palma de su mano, y no tardó en empezar a mamársela con una avidez que lo hizo gemir fuerte y clavarle las uñas en el muslo. Ella no se conformó con un simple chupeteo: se la metió hasta la garganta una y otra vez, ahogándose un poco pero sin parar, y cada vez que sacaba la cabeza, escupía saliva en la punta para que resbalara mejor. Él le sujetó la cabeza con fuerza y empezó a empotrarle la garganta sin piedad, sintiendo cómo su coño se mojaba solo de verla sufrir por él, con los labios pintados de rojo alrededor de esa verga que la estaba desbordando. Cuando notó que se le tensaban las pelotas, ella se levantó de golpe, se quitó el vestido de un tirón y se puso a cuatro patas sobre la cama, levantando ese culazo redondo y palpitante que pedía a gritos que la llenaran. Él no perdió tiempo: se la clavó de una embestida, sintiendo cómo su coño caliente y apretado se abría para recibirlo, y empezó a golpearle el culo con furia mientras ella gritaba que no parara, que la dejara llena hasta el fondo. Las medias se le subieron hasta la cintura con cada envestida, y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación junto a los gemidos ahogados de ella, que suplicaba que no se corriera todavía. Pero él no pudo aguantarse más: le agarró el pelo y le metió la polla hasta la empuñadura, descargando toda su leche caliente por la garganta mientras ella tragaba con avidez, y después se la sacó para que le cayera un chorro espeso por la cara, manchándole las tetas y los labios de blanco cremoso. Ella se relamió los restos de semen de los dedos, sonriendo mientras le pedía que la volviera a empotrar porque le encantaba que la dejara llena de lefa.