Madrastra rusa follada por su hijastro caliente
La rubia rusa se moría de ganas desde que el muchacho llegó a vivir con ellos, esos labios carnosos y ese culito prieto no daban tregua mientras el marido trabajaba hasta tarde. En cuanto cerró la puerta, ella lo agarró del brazo con unas uñas rojas que le clavó en el hombro, arrastrándolo hacia el sofá donde ya se había quitado el vestido y mostraba unas tetas enormes que le rebotaban al caminar. Él, con la polla dura como una piedra y el pre por toda la punta, no necesitó ni que le dijeran nada: se la metió hasta la garganta de un tirón, chupando con fuerza esos pezones rosados que le hacían agua la boca. La madrastra gimió como una puta al sentir esa verga gruesa abriéndole el coño chiquito pero bien empapado, arqueando la espalda mientras él la empotraba contra el respaldo del sofá con embestidas que le hacían vibrar el culo. Cambió a perrito sobre la alfombra, agarrándole las caderas con las manos para hundirse hasta las bolas, y ella se dejó hacer, con la cara pegada al suelo mientras le suplicaba que no parara, que le diera más fuerte porque ya estaba a punto de correrse. La rusa cerró los ojos y se corrió gritando como una loca, con el coño apretando la polla hasta ahogarla, pero él no aflojó ni un segundo: siguió metiéndosela hasta que le llenó la boca de leche espesa que ella tragó sin dejar gota, lamiéndole toda la verga hasta dejarla reluciente. El sofá quedó manchado de sus jugos, su aliento olía a sexo sucio y el aire seguía lleno de gemidos ahogados mientras se desplomaban el uno sobre el otro, sudorosos y satisfechos.