Jay Playhard destroza el coño de la esposa rubia en trío caliente
—'Quiero ver cómo te la chupas antes de que me la metas toda'— me dijo la esposa rubia, Summer Stevens, con esa voz de puta que lleva semanas volviéndome loco. Desde que la vi en la piscina, con su culo respingón en ese bikini minúsculo, supe que no me dejaría en paz hasta probarla. Cada vez que pasaba por su casa, sus ojos me recorrían de arriba abajo, mordiéndose el labio, y yo me imaginaba ya cómo sería hundirle mi polla en ese coño apretado. No aguanté más. La llevé al sofá, le arranqué el tanga de un tirón y me incliné para chuparle los pezones mientras ella goteaba. Mi mano bajó directo a su coño, tan mojado que mis dedos resbalaban. Empujé dos dedos hasta el fondo, haciéndola gemir, y ella me agarró la polla con ambas manos, gimiendo '¡Dámela, negro, métemela toda!'. No me lo pidió dos veces. La puse a cuatro patas y le clavé mi verga de una estocada, sintiendo cómo me apretaba como un guante. Cada embestida la hacía chillar, sus tetas bamboleándose mientras la follaba sin piedad. Me encantaba ver cómo mi negra polla desaparecía en su coño blanco, cómo sus músculos se contraían tratando de resistir. La giré para que me mirara, y mientras me la follaba de frente, le agarraba las tetas y le mordía el cuello. Ella no paraba de gritar, pidiéndome más, más duro, y yo le daba todo lo que pedía. Cuando sentí que me venía, la saqué y me corrí en sus tetas, marcándola como mía. —'¿Te gustó, putita?'— le susurré mientras su cuerpo aún temblaba. En más de 10 minutos de escena, no dejé rincón de su cuerpo sin probar, y ella, la esposa blanca, no paró de gemir pidiendo más negro.