Desafío a ver quién aguanta más en la cama
Retándome a no suplicar, el muy cabrón se creyó que me iba a quedar quieta mientras me empalaba con esa verga dura como el acero. Le di una mordida en el hombro y le susurré al oído que si quería jugar, que no se detuviera, que le iba a demostrar de qué estaba hecha. Empezó metiéndomela con fuerza, clavando cada centímetro hasta que mi coño apretado lo envolvió como un guante, pero yo no gemí, solo apreté los dientes y le clavé las uñas en la espalda. Él gruñó, pensando que ya me tenía, pero le mordí el labio y le dije que apenas empezaba, que si creía que iba a correrse primero era porque nunca había conocido a una mujer como yo. Me dio la vuelta de golpe, me aguantó las caderas y me penetró hasta que sentí su polla rozándome el útero, pero yo seguí retorciéndome, arqueando la espalda para tomar más, desafiándolo a que me llenara entera. Jadeaba como un animal, sudando y maldiciendo, pero yo ya estaba mojando la cama, lubricándome tanto que cada empujón sonaba como un chasquido obsceno. Le dije que si creía que podía conmigo, que me hiciera gritar, que me rompiera en dos, y él, enloquecido, me agarró del pelo y me empotró contra el colchón, embistiendo como si quisiera partirme por la mitad. El sonido de mi culo chocando contra sus caderas resonaba en toda la habitación, pero yo solo me reía, diciéndole que no era suficiente, que si quería ganarme, tenía que follarme más duro. Sus manos me agarraban, me apretaban, me marcaban, y yo me mordía el labio para no gritar, pero el placer era demasiado intenso, las olas me recorrieron el cuerpo entero, sintiendo cómo su verga me estiraba, cómo cada embestida me acercaba más al abismo. Justo cuando creí que iba a explotar, él aceleró el ritmo, clavándomela con desesperación, y yo, incapaz de aguantar más, dejé escapar un gemido largo y gutural, sintiendo cómo mi coño se contraía alrededor de su polla, apretándolo como si no quisiera soltarlo. Él gruñó, mordiéndome el cuello, y yo supe que estaba a punto de correrse, pero antes de que pudiera hacerlo, le di la vuelta y lo monté a horcajadas, cabalgándolo con furia, sintiendo cada centímetro de su verga dentro de mí mientras me movía como una loca, buscando mi propio orgasmo. Sus manos se aferraron a mis pechos, sus dedos me pellizcaron los pezones, y yo solo podía gemir, sintiendo cómo el calor me consumía, cómo todo el placer se concentraba en ese punto donde nuestras pieles chocaban. Él intentó empujarme, intentar tomar el control, pero yo no se lo permití, moviéndome más rápido, más fuerte, sintiendo cómo su polla latía dentro de mí, anunciando su liberación. Me incliné y le susurré al oído que si quería ganar, que me llenara de leche, y él, sin poder resistirse, me agarró de las caderas y me embistió una última vez, soltando un gruñido gutural mientras su semen caliente me inundaba, llenándome por completo. Yo seguí moviéndome, sintiendo cada chorreada, saboreando su derrota, sabiendo que había ganado el juego, que lo había dejado sin aliento, que ahora era yo quien tenía el control. Él intentó decir algo, pero solo pudo gemir, y yo me reí, sintiendo cómo su polla se ponía más dura, cómo seguía latiendo dentro de mí, como si quisiera más, pero yo ya había demostrado mi punto, ya le había mostrado que nadie me superaba en la cama. Me aparté lentamente, sintiendo su semen resbalar por mis muslos, y lo miré con una sonrisa victoriosa, sabiendo que nunca olvidaría esta noche, que nunca olvidaría a quién se atrevió a desafiar.