Daisy Diamond se moja en la playa con su rubia
La rubia Daisy Diamond llegó a la playa bajo el sol más intenso y no pudo evitar que su top blanco se le pegara al cuerpo, mostrando unos pezones duros que ya clamaban atención. Mientras se quitaba los tacones con los pies descalzos sobre la arena caliente, unas gotas de sudor le resbalaban por el cuello hasta perderse entre sus tetas naturales, redondas y firmes como dos melocotones maduros. Sin pensarlo dos veces, se quitó la parte de arriba del bikini y lo tiró lejos, dejando sus senos al aire libre para que cualquier mirón los admirara. Un grupo de mujeres que tomaban el sol cerca no pudo evitar soltar gemidos al verla, con esos ojos marrones que brillaban como miel bajo la luz del mediodía. Una de ellas, más atrevida, se acercó arrastrando los pies sobre la arena y le pasó la lengua por el cuello mientras le apretaba un pecho con saña, haciendo que Daisy arqueara la espalda y soltara un jadeo ahogado. La rubia no se quedó atrás: le arrancó el bikini a su compañera con los dientes y se lo metió en la boca mientras le mordisqueaba los pezones, duros como piedras, hasta que la otra empezó a gemir como una perra en celo. Las dos se revolcaron en la toalla mojada, con los coños empapados por el agua del mar y el sudor, mientras una le chupaba el clítoris a la otra con golpes de lengua rápidos y profundos, arrancándole gritos de placer que se mezclaban con el sonido de las olas. Daisy, sin poder aguantar más, se puso de rodillas en la arena y le metió los dedos a su amante hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor mientras la otra se corría con un espasmo que le hizo temblar las piernas. Pero eso no fue suficiente: la rubia la empujó contra la toalla y le levantó las caderas, clavando su lengua bien adentro mientras le sobaba las nalgas con fuerza, haciendo que la morena gritara como una loca y se corriera otra vez, esta vez con un chorro de leche que le resbaló por los muslos. Cuando ya no pudieron más, Daisy se tumbó boca arriba sobre la toalla, con las piernas abiertas y el coño brillando bajo el sol, mientras la otra se le subía encima y se la empotraba con fuerza, clavándole la polla hasta las pelotas y haciendo que la rubia se corriera por tercera vez con un gemido que se perdió entre las risas de las otras bañistas, que no podían creer lo que estaban viendo.