Colegiala castigada se quita el estrés con su hermano
La chiquilla llegó a casa con el uniforme aún arrugado del castigo que le pusieron por portarse mal en el cole, pero lo que más la tenía inquieta no era el regaño de la directora, sino el calor que le quemaba entre las piernas cada vez que recordaba cómo la habían mirado esos profes con cara de viciosos. Su hermano mayor, que la vio entrar con esa minifalda ajustada que le marcaba el culo prieto, no pudo resistirse y la agarró del brazo antes de que llegara a su cuarto, arrastrándola hasta el sofá del salón con un empujón suave pero decidido. Ella forcejeó al principio, con esos tirabuzones que le caían sobre los hombros, pero cuando sintió la verga dura de él presionando contra su vientre a través de la tela del pantalón, soltó un gemido ahogado y se dejó caer de espaldas, con las piernas abiertas de par en par. Él no perdió tiempo, le arrancó las bragas rosadas de encaje que tenía empapadas en segundos y se las llevó a la nariz para oler el aroma dulce y salado que desprendían, mientras ella se retorcía de placer y se mordía los labios para no gritar. La polla gruesa de él se deslizó entre sus muslos temblorosos hasta encontrar el coño chorreante, y con un empujón brutal la penetró hasta el fondo, haciendo que la chiquilla arqueara la espalda y lanzara un alarido de puro éxtasis que resonó por toda la casa. Las embestidas eran salvajes, con él agarrándola de las trenzas para mantenerla quieta mientras le clavaba la verga una y otra vez, sintiendo cómo el coño estrecho de ella se contraía alrededor de su miembro como un puño caliente y húmedo. Ella no paraba de gemir, con los pezones duros como piedras bajo la blusa del uniforme, mientras él le lamía los pechos por encima de la tela antes de bajarle los tirantes para chupárselos con avidez, mordisqueándole los pezones rosados hasta hacerla soltar un quejido que le erizó la piel. El sudor les corría por la espalda a los dos cuando él la volteó boca abajo y le levantó la falda hasta la cintura, dejando al descubierto ese culito redondo y firme que temblaba de anticipación. Con las manos en sus caderas, la empotró por detrás con tanta fuerza que el sofá crujió bajo sus cuerpos, y cada embestida le arrancaba un gritito agudo que se mezclaba con los gruñidos de él, que no tardó en correrse dentro de ella con un rugido, llenándola de leche caliente mientras la chiquilla se dejaba caer sobre el colchón, exhausta pero más satisfecha que nunca. El uniforme seguía tirado en el suelo, arrugado y manchado de sus jugos íntimos, pero a ninguno de los dos les importó en ese momento, porque lo único que querían era repetir una y otra vez, hasta que el cansancio o el hambre los obligara a parar.