Chiquilla asiática recibe triple brutal en el culo y coño
Desde que llegó, su culito prieto y su boquita ansiosa no dejaron de tentarme: cada vez que la veía pasar con esa minifalda ajustada me imaginaba empalándola sin piedad. Esta noche, después de que se emborrachara en la fiesta y terminara lloriqueando de vergüenza por haberme meado encima sin querer, decidí que era hora de domarla como la perra sumisa que llevaba escondida. La tumbé boca abajo sobre la alfombra del salón, le arranqué el tanga de encaje que apenas le cubría el coño empapado y le escupí en el culo para lubricar bien antes de clavarle la polla hasta el fondo. Gritó como una posesa cuando la primera embestida le abrió el coño como si fuera mantequilla, pero no le di tiempo ni a quejarse: le tapé la boca con la mano mientras le susurraba al oído que me pertenecía, que esa noche iba a convertirla en su peor pesadilla y en su mejor putería. Mientras ella gemía con los muslos temblando, otro tío se acercó y le metió la verga por la boca hasta ahogarla, obligándola a tragarle hasta la nuez mientras la saliva le resbalaba por las mejillas. El tercero, con su monstruo colgando entre las piernas, le untó la punta en el culo enrojecido antes de clavársela sin piedad, estirándole el ano como si fuera de goma. La pobre no podía ni respirar entre sollozos, con la cara llena de lágrimas y babas, mientras las tres pollas la marcaban por dentro y por fuera: una en la boca, otra en el coño y la última royéndole el culo hasta hacerla sangrar. Cada embestida le arrancaba un chillido agudo que rebotaba en las paredes, mezclado con los sonidos húmedos de los choques entre carne y carne, el chapoteo de los coños mojados y los eructos de semen que le caían en la cara cuando le corrían sin avisar. Cuando por fin le vacié la leche en la garganta, ella tragó con fuerza aunque estaba a punto de vomitar, luego se limpió los restos con la mano y se los comió mirándome con los ojos inyectados en lujuria. La dejé allí, tirada en el suelo con las piernas abiertas y los agujeros destrozados, pero con una sonrisa de oreja a oreja porque sabía que esta sería la primera de muchas noches de sufrimiento dulce para su cuerpito asiático.