Chiquita insaciable seduce a su padastro caliente
Desde que llegó la universitaria a vivir con su padastro, no paraba de buscar excusas para rozarse contra él: un café derramado aquí, un abrazo demasiado largo allá. Pero hoy la cosa pasó de castaño oscuro cuando la pequeña se le subió encima en la sala de estar con ese tanga de encaje que le marcaba el culito prieto y los pechos naturales sin sujetador. Él, con esa barriga de papá bueno y la verga ya dura como una roca, no pudo resistirse cuando ella le susurró al oído que llevaba semanas soñando con chupársela hasta dejarlo seco. La primera lametada en el glande la sintió tan caliente que a él se le escapó un gemido ronco mientras le agarraba el pelo corto para guiarle la boca sobre su tronco venoso. Ella, con esa boquita de morritos carnosos, se lo tragó hasta la garganta sin quejarse, sintiendo cómo le latía la polla en la lengua antes de empezar a mamársela con movimientos lentos y húmedos que le hacían babearle los cojones. Cuando él ya estaba a punto de correrse, ella se quitó el tanga de un tirón y se subió a horcajadas sobre su regazo, empalándose con un gemido gutural al sentir cómo la verga le abría el coño estrecho y mojado en segundos. Las embestidas fueron brutales desde el primer envite: él le agarraba las caderas con fuerza mientras ella rebotaba sobre su polla, haciendo que los pechos le botaran sin control y los pezones duros rozaran su pecho sudado. Los sonidos llenaban la habitación: los chasquidos de carne contra carne, los gemidos ahogados de ella mezclados con los gruñidos graves de él, el chapoteo del coño empapado cada vez que se la clavaba hasta el fondo. Cuando ella sintió que le llegaba el orgasmo, se le agarrotaron las piernas y se corrió gimiendo su nombre, apretando la verga con sus paredes internas mientras él le llenaba el coño de leche espesa con un rugido que le sacudió todo el cuerpo. Quedaron jadeantes, pegajosos y satisfechos, con las ropas tiradas por el suelo y el aire oliendo a sexo caliente y sudor.