Tetas por muñeca se la mete bien duro
El muy cabrón llegó a mi casa con cara de pocos amigos exigiendo tetas y yo, en vez de darle lo que pedía, le solté el primer juguete que encontré en el cajón. Pero el tipo no se conformó con un simple objeto de plástico, no, el muy cerdo empezó a manosearlo como si fuera real mientras se abría los pantalones con una mano temblorosa. La cosa se puso fea cuando le vi la verga bien tiesas, gruesa y brillante con el líquido preseminal que ya le resbalaba por el tronco, así que decidí darle una lección que no olvidaría: le agarré de la nuca y le empujé la cabeza contra mis tetas naturales, esas que él tanto quería ver y tocar sin permiso. El muy hijueputa se puso a chupar como un animal, mordisqueando los pezones con los dientes mientras gemía como un cerdo en celo, mojando la tela de mi blusa con su babaza caliente. Yo solo quería jugar, pero él ya tenía los ojos inyectados en lujuria, así que le solté un bofetón en la cara y le ordené que se quitara los pantalones si tanta falta le hacía un coño de verdad. Se le cayó el alma a los pies cuando vio que no llevaba ropa interior, solo un tanga negro empapado que se le pegaba al culo como si fuera su segunda piel. En un segundo ya estaba encima de mí, empotrándome contra la pared del pasillo con su verga dura buscando entrada sin piedad, resbalando entre mis labios vaginales que ardían de ganas por ser llenados. Cada embestida me hacía gritar como una puta en celo, sus pelotas golpeando mi culo con un sonido húmedo y obsceno mientras su cabeza se hundía entre mis tetas para lamerlas como un desesperado. El muy cerdo no tardó ni un minuto en correrse dentro de mí, gruñendo como un animal y llenándome el coño de leche espesa que se escurría por mis muslos mientras yo seguía jadeando con los ojos puestos en la muñeca tirada en el suelo, testigo mudo de su traición.