Puta colombiana con tetas naturales se folla a su hermanastro
Ella llegó del pueblo con ese cuerpo de infarto y esas tetas redondas que parecen dos melones maduros, y desde el primer día el muy cabrón no pudo quitarle los ojos de encima. Lo peor es que a ella también le encantaba provocarlo: se cambiaba de ropa delante de la ventana, se mordía el labio inferior mientras lo miraba de reojo y hasta se le escapaba un gemido cuando él se quitaba la camisa para ducharse. Una tarde, después de que la madre se fuera de compras, él no aguantó más y la agarró por la cintura con esos brazos fuertes que tiene, apretando su carne blanda contra el cuerpo duro de él mientras le lamía el cuello hasta dejarla con la piel de gallina. Ella soltó un gritito y se dejó caer sobre la cama, abriendo las piernas para que él hundiera la cara entre sus muslos, lamiendo ese coño empapado que olía a sexo y a sudor fresco. Él no perdió tiempo y se bajó los pantalones, dejando al aire esa polla gruesa que ya goteaba por la punta, lista para reventarle el culo o el coño, lo que ella prefiriera. Ella le agarró el rabo con las dos manos y se lo metió hasta la garganta, ahogándose con los gemidos mientras él le agarraba el pelo y le empotraba la verga hasta el fondo, sintiendo cómo se le escapaban los jugos por las comisuras de los labios. Cuando por fin la lanzó sobre la cama de espaldas, él le arrancó la tanga con un tirón seco y le abrió las nalgas para ver ese culo prieto y redondo, temblando de anticipación. La primera embestida fue brutal: él le clavó la polla hasta el fondo de un golpe, arrancándole un alarido que resonó en toda la casa, mientras sus tetas enormes rebotaban con cada empujón. Ella se corrió al sentirlo bombearle el coño con fuerza, mordiendo la sábana para no gritar como una loca, pero él no se detuvo ahí: la dio vuelta y se la folló de rodillas, agarrándole las tetas con las dos manos y empalándola con cada embestida hasta que ella no pudo más que gemir y babear de placer. El final fue épico: él se corrió dentro de ella con un rugido, llenándola de leche mientras ella se retorcía de puro éxtasis, con las piernas temblorosas y el coño chorreando los restos de su corrida. Cuando por fin se dejaron caer sobre el colchón, sudorosos y jadeantes, él le besó los pezones duros y ella le susurró al oído que esto solo era el principio.