La pecosa con un culazo que no para de botar
Llegaba la morrita con su minifalda ajustada y esos cachetes redondos apretando la tela, mirándome con esos ojos verdes que le quemaban hasta el alma mientras se mordía el labio inferior sin pudor. No tardó en sentarse encima de mí, clavándome el culo prieto y ese coño chorreante que dejaba marcas en los jeans al rozarse, su piel blanca brillando bajo la luz del atardecer como si estuviera recubierta de crema. Le agarré las nalgas con ambas manos, hundiendo los dedos en esa carne firme que temblaba cada vez que la apretaba más fuerte, sintiendo cómo su respiración se aceleraba y ese gemido ahogado se le escapaba por la garganta antes de empezar a moverse como una posesa. La muy golfa se contoneaba con descaro, haciendo que su culo enorme rebotara contra mi regazo mientras yo le metía la polla hasta el fondo, sintiendo cada contracción de su coño mojado que me chupaba la verga como si no hubiera mañana. Entre jadeos y sudor, le bajé la falda hasta los tobillos para dejar al descubierto ese culazo blanco y redondo que no paraba de botar, cada embestida haciendo que las nalgas se le sacudieran con un sonido húmedo que me ponía como un animal. La muy perra gemía con voz ronca, pidiendo más a gritos mientras se agarraba a mis hombros y clavaba las uñas en la piel, dejando marcas rojas que delataban lo desesperada que estaba por correrse. No pasó mucho antes de que sus muslos temblaran y ese coño se le contrajera con fuerza, empapándome la verga de leche espesa mientras gritaba mi nombre con voz quebrada, su cuerpo temblando como gelatina bajo mis embestidas finales. Cuando por fin se dejó caer sobre mí, exhausta y con los cachetes enrojecidos, no pude evitar darle una última palmada en el culo antes de ver cómo se limpiaba el coño chorreante con el dorso de la mano, dejando un rastro de babas blancas en su piel pálida.