La nueva empleada se deja follar por dinero sin límites
La chica nueva llegó a la casa con ese culito redondo que se le marcaba bajo el uniforme ajustado, y él no pudo evitar imaginársela doblada sobre el sofá en cuatro patas, gimiendo mientras le chupaba la polla hasta dejarla bien dura. Desde el primer día el patrón le dejó claro que en esta casa todo se paga, y ella, con esa sonrisa de puta necesitada, aceptó sin dudar: un polvo por cada tarea doméstica. La primera vez fue en el baño, contra los azulejos fríos mientras él le metía los dedos en el coño empapado y le susurraba al oído lo guarra que era. Al día siguiente ya estaba en la cama, con las tetas enormes rebotando cada vez que él la empotraba contra el colchón, gritando como una loca mientras la polla le llegaba hasta el fondo. La tercera vez no pudo resistirse y se la metió por el culo sin avisar, arrancándole un gemido agudo que resonó por toda la casa mientras le agarraba los muslos para clavársela sin piedad. El dinero le quemaba en el bolsillo, pero lo que le gustaba de verdad era ver cómo esa morena curvilínea se corría sin parar, con el coño chorreando y el culo enrojecido de tanto azote. Cada vez que se la tiraba, ella pedía más, suplicando que no parara hasta dejarla llena de leche por todos lados. No importaba si era en la ducha, en la cocina o contra la pared del pasillo, la empleada siempre estaba lista para recibirla, con las piernas abiertas y los labios brillantes de saliva. Y así pasó la semana: folladas salvajes, corridas intensas y cuerpos sudados pegados el uno al otro, como si el dinero fuera solo una excusa para seguir dándose placer sin parar.