La gótica gordita Deelzebub se deja empotrar como una diosa
La habitación estaba en penumbra, con velas negras derritiéndose sobre la mesa y el olor a incienso flotando en el aire, justo como a mí me gusta cuando quiero que todo sea perfecto para perderme en el placer. Llevábamos días mirándonos con esa tensión insoportable, él con sus ojos hambrientos sobre mis curvas y yo mordiéndome los labios cada vez que rozaba mi culo sin querer, hasta que ya no aguanté más y lo arrastré a la cama. Su polla estaba dura como piedra antes de que siquiera me quitara la ropa, y cuando me arrodillé para chupársela, sentí cómo se le escapaba un gemido ronco al ver mis tetas enormes rebotando mientras le tragaba hasta las pelotas. No me dejó terminar, me tiró boca abajo y me abrió las nalgas con las manos, metiendo la cara entre ellas para lamerme el coño mojado antes de clavármela de una estocada que me hizo gritar. Cada embestida era más fuerte que la anterior, sus dedos se hundían en mis caderas mientras me empotraba contra el colchón, y yo solo podía gemir y pedirle más, más duro, más rápido, hasta que sentí cómo su leche me llenaba entera. Ahora, mientras me recupero con su semen goteando entre mis piernas, solo pienso en cuándo volverá a follarme así, porque esto no puede ser la última vez.