Esclava del culo le chupa la polla a su padrastro
Desde que llegó a vivir con él la pequeña Harriet no ha parado de mirarle el bulto por las mañanas mientras se prepara el café, imaginando cómo sería sentir esa verga dura deslizándose entre sus nalgas bien apretadas. El tipo, que ya llevaba semanas con los huevos a punto de reventar cada vez que la veía pasar con ese culo prieto y esos labios carnosos mordiéndose el inferior, no pudo aguantar más y la agarró por la cintura cuando ella se agachó a recoger el trapo del suelo. Harriet gimió al sentir la mano callosa del viejo apretándole el culo redondo y jugoso, notando cómo su coño se empapaba al instante mientras él le susurraba al oído que estaba deseando empotrarle el culo hasta dejarla sin aire. Sin pensarlo dos veces se quitó el short ajustado y se arrodilló en el suelo de madera, abriendo esos labios gruesos y brillantes para engullir la polla gruesa y venosa que le colgaba como un manjar prohibido, saboreando el sabor salado del líquido preeyaculatorio que ya goteaba por el glande hinchado. El viejo no tardó en agarrarle la cabeza y empezar a embestirle la garganta con fuerza, haciendo que Harriet se atragantase con cada embestida mientras sus tetas pequeñas y duras rebotaban al ritmo de los golpes. Cuando por fin la sacó de la boca, la puso a cuatro patas sobre la cama y le untó el culo con aceite de coco hasta que pudo oír el sonido húmedo de sus dedos deslizándose entre sus nalgas, preparándola para lo que venía. Harriet no pudo evitar soltar un gritito agudo cuando la punta de la verga le rozó el ano, apretando los dientes para aguantar el dolor inicial mientras él le agarraba las caderas y se clavaba hasta el fondo sin piedad, haciendo que su coño chorrease tanto que el colchón se empapó en segundos. Los azotes en el culo resonaban en la habitación cada vez que el viejo le clavaba el miembro hasta el fondo, empalándola con tanta fuerza que sus tetas pequeñas se mecían como gelatina al compás de cada embestida brutal, mientras ella gemía como una puta en celo sin poder contener los chorros de leche que le brotaban del coño cada vez que la polla le rozaba el punto G. Cuando por fin el viejo notó que los huevos le ardían como brasas, se la sacó de golpe y se corrió en su espalda, dejando chorros espesos de semen caliente resbalando por su culo tembloroso mientras Harriet se llevaba los dedos al clítoris hinchado y se corría otra vez, gritando como una loca hasta quedarse sin voz.