El dueño del bar le dio su merecido al ricachón baboso
El tipo llevaba semanas entrando al local con ese aire de superioridad, como si el negocio fuera suyo, mientras le sobaba el culo a los muchachos que atendía. Hoy el dueño, ese moreno de brazos tatuados y mirada que quemaba, decidió que ya había suficiente. Lo agarró por el cuello de la camisa cara y lo arrastró hasta el almacén trasero, donde la luz tenue dejaba ver cada músculo marcado bajo la camiseta ajustada. Le arrancó el cinturón con un tirón seco y el ricachón se quedó tieso, con la polla dura apretada contra los pantalones caros. El dueño se agachó y le escupió en la verga antes de metérsela hasta la garganta, haciéndolo gemir como un puto desesperado mientras le agarraba la nuca con fuerza. Lo sacó chorreando saliva y lo empujó contra la pared llena de cajas, subiéndole la camisa para dejar al descubierto ese culo prieto que llevaba semanas deseando reventar. Le escupió en el agujero antes de clavarle la polla de una sola embestida, arrancándole un grito que resonó entre las botellas vacías. El ricachón intentó resistirse, pero cada envestida lo dejaba más mojado y más débil, rogando por más mientras el dueño lo empotraba sin piedad, con los huevos golpeándole el culo cada vez que se hundía hasta las pelotas. Los gemidos se mezclaban con el sonido de la carne chocando, los jadeos del ricachón se ahogaban en su propia saliva y el sudor le resbalaba por la espalda mientras el dueño le apretaba los huevos hasta que no pudo aguantarse más. La corrida le salió disparada, manchándole los pantalones y el suelo, pero el dueño no se detuvo ahí: lo volteó de golpe, le abrió las nalgas con las manos y le metió la polla hasta el fondo, dejándolo seco con una última embestida que lo dejó temblando contra la pared, jadeando como un perro después de correr una maratón.