El amo negro la entrena a chupar y vomitar como esclava blanca
La polla dura en mi mano ya goteaba mientras ella, temblando, se arrodillaba frente a mí en la cocina oscura, con el miedo en los ojos por si alguien entraba. Le tomé la cabeza con fuerza y le metí mi verga hasta las pelotas sin piedad, sintiendo cómo se ahogaba con cada embestida, sus lágrimas cayendo mientras la forzaba a tragar mi leche espesa. El riesgo de que su marido llegara en cualquier momento hacía que gemiera más fuerte, pero no podía hacer nada más que obedecer, su coño ya mojado de excitación a pesar del asco. Le di nalgadas mientras le ordenaba limpiar mis huevos llenos de saliva, y ella, humillada, lamía cada gota como la perra sumisa que era. Cuando terminé de montarle el culo, dejé mi semen marcado en sus labios, y ella, jadeando, limpió todo sin atreverse a protestar. Ahora, mientras se levanta con las bragas manchadas de mi corrida, solo queda el olor a sexo mezclado con comida podrida en el aire.