Colegiala uniformada empotrada por su profesor de mates
La jovencita de pelo castaño y falda corta no podía quitarle los ojos de encima al profe desde que entró al aula con esa blusa ajustada y las tetas pequeñas pero duritas. Él, con su mirada de depredador y esa polla que se le marcaba en el pantalón cada vez que ella se inclinaba para recoger el bolígrafo, no aguantó más y la arrastró hasta su casa cuando la esposa se fue de compras. En cuanto cerraron la puerta, la empujó contra el sofá del salón, le arrancó las bragas blancas de algodón y le metió dos dedos en el coño empapado mientras le susurraba al oído lo puta que estaba por aguantarse las ganas de chupársela desde hacía semanas. La chica, con las mejillas rojas y los labios entreabiertos, gimió fuerte cuando él le bajó la cremallera del uniforme y sacó esa verga gruesa y venosa que le quemaba el pubis al rozarla. Sin pensarlo dos veces, se agachó para lamerle el tronco desde la base hasta la punta, sintiendo el sabor salado y el aroma a sexo que desprendía mientras él le agarraba la coleta con fuerza y le ordenaba que no se moviera. Pero la mocosa no era de quedarse quieta: se subió al regazo del profe, se empaló en su polla dura como una estaca y empezó a cabalgarlo a lo perra en celo, con los pechos rebotando sin control y el culo redondo abriéndose cada vez que se dejaba caer con fuerza. Él, lejos de controlarla, la agarró por las caderas y la empotró contra el respaldo del sofá con embestidas brutales que hacían crujir el mueble y a ella gritar de puro placer, sintiendo cómo el coño se le llenaba de leche espesa hasta chorrearle por los muslos. Cuando el profesor le ordenó que se pusiera a cuatro patas sobre la alfombra, ella obedeció al instante, con el culo en pompa y la cara pegada al suelo, esperando el primer azote que le partió el alma pero le encendió el clítoris como nunca. La follada por detrás fue bestial: él le clavó la polla hasta el fondo, le agarró las tetas desde atrás y le mordió el hombro mientras la penetraba con tanta fuerza que los vecinos podrían haber oído los golpes de los huevos contra su coño mojadísimo. La chica no pudo aguantarse más y se corrió gritando su nombre, con el cuerpo temblando y los jugos resbalándole por las piernas mientras él, lejos de parar, le metió dos dedos en la boca para que se los chupara mientras le llenaba el útero de semen caliente que le escurría por las nalgas. Cuando por fin se desplomaron sobre el suelo, exhaustos y sudorosos, ella solo atinó a susurrarle al oído que no le contara a su madre lo que habían hecho... pero sabiendo que volvería a buscarlo en cuanto tuviera otra oportunidad.