Chiquita de tetas chicas se deja empotrar con pollón
Desde que la vio entrar a la habitación con ese vestido ajustado que apenas le cubría el culo prieto, a él ya se le paró la verga sin remedio. Malia no llevaba nada debajo — solo un tanga negro tan fino que se le clavaba entre las nalgas cada vez que se movía— y al notar su mirada fija en el bulto que le deformaba el pantalón, soltó una risita picarona mientras se mordía el labio inferior. Sin mediar palabra, él la agarró por la cintura y la empujó contra la pared, sintiendo cómo sus tetas pequeñas y duras se aplastaban contra el yeso frío mientras le bajaba el tanga de un tirón con los dientes. El primer empujón la hizo soltar un jadeo agudo, sus gemidos agudos llenaron el cuarto mientras él le metía la polla gruesa hasta el fondo del coño, que ya estaba empapado de ganas. Ella arqueó la espalda, las uñas se le clavaron en los hombros del tipo mientras él la embestía con fuerza, cada envestida le sacudía el culo redondo y la dejaba sin aire. Al sentir que la verga se le hinchaba más dentro, Malia le suplicó que no se corriera dentro, pero él, sordo a sus ruegos, se la sacó en el último segundo y le escupió un chorro espeso de leche caliente por toda la cara, cubriéndole los labios, la nariz y hasta los ojos. Ella se lamió los restos del semen de las comisuras mientras él le apretaba el culo con las manos, sudoroso y jadeante, viendo cómo se le bajaba la excitación pero sin perder esa sonrisa de puta satisfecha. La habitación olía a sexo barato, a sudor y a coño usado, y en el espejo empañado aún se reflejaban los cuerpos enredados, las marcas de uñas en la piel y el rastro brillante del semen que goteaba de su entrepierna. Malia se limpió con el dorso de la mano y se quedó mirando su reflejo, sabiendo que en cinco minutos volverían a empezar desde cero, porque cuando el cuerpo se enciende así, ni el dolor ni la vergüenza importan.