Bia probándose en cámara con la polla bien dura
Bia no necesitó mucho para quitarse el sujetador negro ajustado y quedarse en tanga mientras se retorcía sobre la cama, mordiendo el labio al sentir cómo su coño caliente se humedecía solo de imaginarse lo que venía. El muy cabrón de la cámara no perdía detalle mientras se agarraba la polla gorda con una mano y con la otra le bajaba el tanga de un tirón, dejando al descubierto un culito prieto y tembloroso que pedía a gritos que la empotrasen sin piedad. Ella soltó un gemido ronco cuando la cabeza de su verga rozó su entrada anal, empapada ya por los jugos que le resbalaban entre las piernas, y se impulsó hacia atrás con un movimiento brusco que hizo que la polla entrase de golpe hasta la raíz, arrancándole un jadeo que resonó en toda la habitación. La cámara captó cada sacudida de sus tetas con tatuajes mientras Bia se movía como una posesa, cabalgando la verga con fuerza y azotando su culo contra el pubis del tipo cada vez que bajaba, hasta que sus muslos empezaron a temblarle de tanto esfuerzo. Él no pudo aguantarse más y le agarró las caderas con las dos manos para clavársela hasta el fondo, haciendo que los huevos le golpearan el coño cada vez más rápido mientras ella gritaba como una auténtica puta en celo, con la espalda arqueada y los pezones duros como piedras. La saliva le resbalaba por la barbilla al chuparse los dedos antes de llevárselos a la boca, y el sonido de los azotes mezclado con los gemidos ahogados de Bia era música para sus oídos, que no dejaba de gruñir entre dientes mientras le metía los dedos en la boca para que le chupara hasta dejarla sin aliento. Cuando notó que el orgasmo le subía por la columna como un relámpago, ella se dejó caer sobre la polla con un último empujón salvaje, apretando el culo contra él mientras los espasmos le sacudían el cuerpo entero y la leche le inundaba el agujero hasta dejarla bien rellena, con los muslos temblorosos y la respiración entrecortada mientras se corría sin parar, empapando la sábana con un charco de sus fluidos. El muy cerdo no se conformó con dejarla así, sino que la levantó en peso y la apoyó contra la pared, empalándola de pie mientras le lamía el cuello y le mordisqueaba el hombro, con la polla aún dura que no paraba de frotarse contra su coño mojado, listo para otra ronda de follada brutal. Bia, con los ojos vidriosos y las piernas como gelatina, no pudo hacer más que agarrarse a sus hombros y dejar que la usara como un trapo, gimiendo cada vez que la verga le llegaba hasta el fondo del culo y sintiendo cómo los jugos le resbalaban por los muslos en un río caliente que le dejaba las piernas pegajosas.