Alyssa Reece domina en tanga y media de red hasta hacerla llorar
La primera vez que la vi, supe que no sería una simple mamada. Alyssa Reece no pide permiso, ella ordena, y tuve que obedecer en el momento que sus dedos me apartaron las piernas. El tacto de sus medias de red rozando mi piel mientras se agachaba me ponía la piel de gallina, pero no era nada comparado con lo que vendría después. Sus labios carnosos se cerraron alrededor de mi polla con una presión que me hacía gemir como un perro en celo, mientras sus manos me atoraban contra la cama. 'Chúpame los dedos', me dijo con esa voz de puta dominante, y no tuve más remedio que obedecer, sintiendo el sabor de su coño en mi lengua cuando sacó los dedos empapados de su propia humedad. El sonido de su tanga rasgándose al arrancármelo con los dientes me excitó hasta el punto de querer correrme en su cara, pero ella no lo permitió. 'Aún no', me gruñó, empujándome hasta dejarme boca abajo en el colchón, sus uñas marcando surcos en mi espalda mientras me penetraba con un dedo en el culo, jugando con el esfínter hasta que la sensación de placer-dolor me hizo retorcerme. '¿Quieres que me siente en tu puta cara?', me preguntó, y aunque mi mente gritaba que sí, mi cuerpo no tenía opción. El peso de su culo aplastándome la nariz mientras se frotaba contra mi boca me dejó sin aire, pero no importaba, porque cada vez que intentaba resistirme, sus muslos apretaban más fuerte, ahogándome en su humedad. Cuando por fin me dejó respirar, fue solo para que pudiera gemir mientras me hundía de una estocada en su coño, sintiendo cómo sus paredes se cerraban alrededor de mi verga como un tornillo de carne. 'No pares, perra, no hasta que me llames mamá', me ordenó, y aunque cada embestida me acercaba al borde, no me atreví a correrme sin su permiso. Solo cuando la escuché gritar '¡Ahora!' fue que soltó todo dentro de ella, llenándola hasta que mi leche rebosó entre sus piernas, manchando la sábana blanca. Cuando por fin se levantó, dejando atrás un charco de su propio flujo en el colchón, el único rastro que quedó fue la marca de mis dientes en la tira de su tanga rota.