Hijastra de 18 años me recibe con un culito mojado
La skirtita ceñida que llevaba al llegar de la universidad no dejaba nada a la imaginación, ese body negro ajustado marcaba cada curva de su culo prieto mientras subía las escaleras con esos tacones que le hacían temblar las nalgas con cada paso. Me quedé paralizado al ver cómo su tanga de encaje se le pegaba al coño empapado, dejando ver la sombra húmeda entre sus piernas y el modo en que se mordía el labio inferior con esa cara de puta que solo tuvo cuando cumplió los dieciocho. Sin pensarlo dos veces, la agarré por la cintura y la estampé contra la pared del pasillo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío mientras le arrancaba el top de tiras para dejar al descubierto unos pechos firmes que saltaban con cada respiración acelerada. Ella gimió fuerte cuando le bajé el body hasta las rodillas, dejando su culo redondo y blanco al aire, listo para lo que viniera, mientras le susurraba al oído lo buena que estaba y lo mucho que necesitaba follármela duro después de semanas mirándola desde el sofá. Con un empujón la doblé sobre el respaldo del sillón, le bajé el tanga de un tirón y le enterré la polla hasta el fondo sin avisar, sintiendo cómo su coño se ajustaba a mí como un guante mientras gritaba mi nombre con esa voz ronca que tanto me ponía. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran con fuerza y sus caderas se movieran al ritmo que yo marcaba, mientras sus uñas se clavaban en el cuero del sillón dejando marcas que después me volverían loco. Cuando noté que sus piernas empezaban a temblar y sus gemidos se volvían guturales, la giré boca arriba sobre la alfombra, le levanté las piernas hasta mis hombros y le metí la polla hasta la garganta, sintiendo cómo su garganta se abría para recibirme mientras el sabor de su corrida anterior aún le humedecía los labios. No pasó mucho antes de que sintiera cómo su coño se contraía alrededor de mi miembro, anunciando que estaba a punto de correrse, así que me saqué rápido para dispararle un chorro grueso de leche caliente justo en la cara, salpicándole los labios, las tetas y hasta ese culito que tanto me había vuelto loco desde que se mudó. Ella se quedó ahí, jadeando, con los ojos brillantes y la piel pegajosa de sudor mientras la última gota caía sobre su ombligo, dejando un rastro blanco que poco a poco se mezclaba con las gotas de sudor que le resbalaban por el vientre.