Abuelito James se corre en su propia mano en abril
Aquel 26 de abril no fue un día cualquiera para el abuelito James, porque desde hacía semanas llevaba la verga dura cada vez que recordaba cómo los chorritos de leche espesa le recorrían el glande entre sus dedos peludos. La casa olía a humedad y a colonia barata, pero él se la agarraba con fuerza, tirando de su prepucio arrugado mientras resoplaba como un toro viejo, imaginando que su mano era el coño de alguna de esas jóvenes que pasaban por la calle. El líquido preseminal le resbalaba por los nudillos y le dejaba el glande brillante, hinchado como un tomate maduro, mientras se masturbaba con movimientos lentos y profundos, acariciando cada vena marcada en su tronco grueso y peludo. De pronto, los gemidos se le escaparon entre los dientes amarillentos, gruesos como trozos de carbón, y el sonido húmedo de su puño moviéndose sobre la piel arrugada llenó el silencio de la tarde. Su glande rojo y brillante brillaba bajo la luz tenue del comedor, donde la cortina de encaje dejaba pasar algunos rayos de sol que le daban un tono amarillento a su piel marchita. Con un gruñido ronco, apretó los testículos peludos contra su cuerpo y notó cómo el semen espeso comenzaba a subir por su verga como lava hirviendo, mientras los últimos coletazos de placer le hacían temblar las rodillas. La primera gota gruesa y blanca le salpicó en el dorso de la mano, seguida de un chorro largo y espeso que le resbaló por los dedos hasta caer al suelo con un sonido sordo, como un golpe húmedo en la madera vieja. James se quedó ahí, jadeando, con la polla aún palpitando entre sus manos temblorosas, mientras el aroma acre de su corrida inundaba el aire como un perfume barato y rancio. Se limpió los restos pegajosos en el pantalón de franela, sintiendo cómo el alivio se le escapaba poco a poco, pero dejando en su memoria la sensación de ese chorro caliente escapando de su cuerpo cansado.