Wanessa chupa con gusto la verga del casado
Wanessa no podía resistirse a la polla gruesa del vecino casado, esa que siempre se marcaba bajo los pantalones ajustados cuando él salía a regar las plantas. Un día, con el pretexto de pedirle azúcar, ella entró a su casa y no perdió tiempo: se arrodilló frente a él, le bajó el pantalón con las manos temblorosas y empezó a chupar esa verga dura como si no hubiera mañana. Sus labios carnosos envolvían el tronco grueso, mientras su lengua jugaba con el glande hinchado, haciendo que el tipo gimiera fuerte y le agarrara la cabeza con ambas manos. La saliva resbalaba por su barbilla, mezclándose con los gemidos ahogados de placer que escapaban de su garganta. Wanessa lo hacía con tal maestría que el casado no aguantó más: le agarró el pelo y empezó a embestirle la boca con fuerza, metiendo la polla hasta el fondo mientras ella tragaba con avidez. El sonido de sus labios al chocar contra la base de su verga era obsceno, y cuando él explotó en su garganta, ella tragó cada gota sin perder ritmo, limpiando hasta la última gota con la lengua. Al terminar, se limpió los labios con el dorso de la mano y le sonrió con picardía, sabiendo que esa no sería la última vez.