Travesti tailandesa follada sin condón en el hotel
Desde que pisó Bangkok, él no podía quitarle los ojos a esa morena de pelo largo que se movía como una diosa entre los turistas... esa figura menuda pero con un culo que parecía dos sandías apiladas, redondo y duro como una roca, y unos pechos pequeños pero firmes que le temblaban cada vez que se inclinaba hacia adelante. Ella lo captó con una mirada de esas que queman, mordiéndose el labio inferior mientras se ajustaba el tanga entre las nalgas, mostrando sin pudor cómo su coño depilado brillaba bajo el sol del atardecer. Él no necesitó más invitación: la agarró de la cintura con una mano y con la otra le bajó el cierre del pantalón para sacar esa verga gruesa y morada que llevaba horas queriendo enterrar dentro de algo caliente. Ella soltó una risita perversa al sentirla contra su muslo, girando la cadera para rozársela mientras se quitaba la blusa y dejaba al descubierto unos pezones oscuros y duros como canicas. La tumbó boca abajo sobre la cama del hostal barato, le abrió las nalgas con los dedos y escupió en su culo bien apretado antes de clavarle la punta, haciendo que ella soltara un gemido agudo que se mezcló con el sonido de la puerta cerrándose de golpe. No hubo preliminares: él empezó a empotrarla con fuerza, sintiendo cómo su polla se hundía hasta el fondo en ese agujero estrecho y caliente, mientras ella arqueaba la espalda y le suplicaba que no parara con una voz entrecortada llena de lujuria. Él le agarraba las tetas pequeñas con una mano y con la otra le azotaba el culo cada vez que la embestía, sintiendo cómo su carne vibraba bajo sus palmadas. Ella se corría una y otra vez, empapando las sábanas con sus jugos mientras él seguía dándole duro, cambiando de ritmo para alargar el placer hasta que sintió que su propio orgasmo subía desde los huevos, caliente y espeso, listo para explotar dentro de ese coño ansioso que lo apretaba como un tornillo. Cuando por fin se corrió, ella se dejó caer sobre la cama, jadeando y con las piernas temblorosas, mientras él le lamía el sudor del cuello y le susurraba al oído que volvería al día siguiente para repetir, porque ese cuerpo menudo y ese culo que parecía hecho para folladas salvajes no se le iban a olvidar tan fácil.