Vecinita colombiana se deja empotrar sin piedad por vecino
La morenita de curvas perfectas llevaba semanas coqueteando con miradas que lo dejaban tieso cada vez que ella pasaba con su short ajustado. El muy pendejo no aguantó más y la agarró de la cintura en el balcón, arrancándole la tanga de encaje sin preámbulos. Ella gimió fuerte cuando sintió su verga dura rozándole el coño ya empapado, su culito redondo temblando de anticipación. Él la empujó contra la pared, le levantó una pierna y se la clavó de una sola estocada, sintiendo cómo su conejito chorreante se abría para recibirlo. Entre jadeos y maldiciones, ella empezó a cabalgarlo al revés, su culo bamboleándose con cada embestida mientras él le agarraba las tetas menudas y se las apretaba hasta dejarlas marcadas. La polla gruesa le llegaba al fondo, arrancándole gritos que resonaban en todo el edificio, el sonido de carne chocando contra carne se mezclaba con los gemidos desesperados de ella. Cuando él la volteó boca arriba en el sofá, la morena abrió las piernas de par en par, mostrando su coño depilado y brillante de jugos, listo para que le metiera hasta la raíz. Él se corrió dentro de ella con un gruñido animal, descargando toda su leche caliente en su vientre, mientras ella se retorcía de placer bajo su peso, el semen escurriendo por sus muslos. La vecinita quedó tan satisfecha que solo atinó a sonreírle con los labios hinchados y los ojos brillantes, sabiendo que esa noche no sería la última vez que se dejara empotrar sin piedad.