Tetas naturales y coño de Amalia bien empotrado
Amalia llegó a la sesión de masaje con unos lenceros que le marcaban cada curva y unos pezones duros que se notaban a través de la tela fina. El chico joven no pudo evitar que su polla se le pusiera como un palo al verla estirarse sobre la camilla con el culo redondo y prieto al aire, sus muslos blancos abrazando el cuero mientras él le untaba aceite caliente por la espalda. Primero fueron solo sus dedos trazando círculos alrededor de sus areolas, pero cuando ella gimió y arqueó la espalda pidiendo más, él no aguantó y le arrancó el sujetador de un tirón para dejar sus tetas naturales al descubierto, pesadas y oscuras por el sol. La masajeó con las dos manos mientras le mordisqueaba el cuello, pero en cuanto ella le agarró la verga por encima del pantalón y la apretó fuerte, supo que no había vuelta atrás: había que follar. La giró boca arriba sobre la mesa sin preocuparse por los lenceros rotos, le bajó las bragas hasta los tobillos y le lamió el coño desde el clítoris hasta el culo mientras ella le clavaba las uñas en los hombros y le suplicaba que no se detuviera. Con la boca llena de su sabor dulce y salado, la levantó en peso y la empaló contra la pared, sus tetas rebotando al ritmo de cada embestida profunda que le daba sin piedad. Amalia gritaba cada vez que su polla le llegaba hasta el fondo, con los muslos temblorosos y el coño tan mojado que el líquido le resbalaba por los muslos hasta el suelo, pero él no aflojaba: quería que se corriera sobre su verga, quería sentir cómo su leche le corría por las tetas mientras ella se retorcía de placer. Cuando por fin soltó su corrida dentro de ella, fue tan intensa que Amalia no pudo evitar correrse otra vez, apretando su coño alrededor de la polla que aún no se había vaciado. Los dos quedaron jadeando, con el cuerpo cubierto de sudor y el aire lleno del olor a sexo y a piel caliente, mientras él le lamía las tetas para limpiar los restos de su corrida antes de que ella le pidiera que la follara otra vez.