Secretaria cabalga verga dura del jefe en la oficina
La secretaria llevaba días coqueteando con miradas de reojo mientras se ajustaba los lentes sobre el puente de la nariz, mordiéndose el labio inferior cada vez que el jefe pasaba cerca de su escritorio con esa verga enorme marcándose bajo los pantalones caros. Él no pudo resistirse más y, en un descuido de la oficina, la agarró de la cintura y la empujó contra el archivador metálico, arrancándole un gemido ahogado cuando sus tetas naturales rebotaron contra el frío metal. Ella, con los muslos temblorosos por la anticipación, se subió el vestido hasta la cintura y se quitó las medias de red con un tirón brusco, dejando al descubierto un coño empapado que olía a excitación y perfume barato. Él le bajó los pantis de un solo golpe y, sin preámbulos, le enterró la polla sin prepucio hasta el fondo, haciendo que ella soltara un gritito de sorpresa mezclado con placer mientras sus uñas se clavaban en los hombros de él. Cada embestida resonaba en el cuarto como un golpe seco, el sonido de piel contra piel se mezclaba con los jadeos de ella y los gruñidos roncos de él, que la empotraba contra el archivador con furia controlada. Ella, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, se agarraba a la cintura de él mientras cabalgaba esa verga monstruosa, sintiendo cómo la cabeza gruesa le rozaba las paredes del coño cada vez que se le hundía hasta la raíz. Los lentes se le cayeron al suelo sin que a ninguno le importara, porque la visión de sus tetas grandes balanceándose al ritmo de las embestidas era demasiado para resistirse. Él le agarró del pelo y le obligó a echar la cabeza hacia atrás, metiéndosela hasta la garganta mientras le manoseaba las tetas con descaro, sintiendo cómo los pezones duros se le clavaban en las palmas. El sudor les resbalaba por la espalda, mezclándose con el aroma a sexo y a cuero de los asientos de los muebles de oficina, mientras el coño de ella se contraía cada vez más alrededor de esa polla que parecía no tener fin. Cuando él sintió que el orgasmo le hervía en las pelotas, la giró de golpe y la dobló sobre el escritorio, empalándola desde atrás con una mano en la nuca y la otra agarrándole el culo para abrirle bien las nalgas, dejando al descubierto el ano rosado que palpitaba de deseo. Las embestidas se volvieron más brutales, el sonido de carne chasqueando llenaba el aire mientras sus gemidos se volvían más agudos, hasta que él, con un gruñido gutural, le disparó una carga espesa dentro que le llegó hasta el útero, haciendo que ella se corriera al instante con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo. Los dos quedaron jadeando, pegajosos, con el olor a sexo flotando en el aire como un perfume barato, mientras las gotas de semen le resbalaban por el muslo y el coño le goteaba lo que quedaba de leche caliente.