Puta caliente exige polla grande y follada brutal
Llevaba días mordiéndose el labio cada vez que lo veía pasar con esa polla que le robaba el sueño, así que hoy no aguantó más y le soltó sin rodeos: 'Dame todo lo que tengas, cabrón'. Él no necesitó que se lo pidieran dos veces, la agarró de los pelos y la empujó contra la pared del pasillo con un gruñido animal, sintiendo cómo el coño le hervía bajo el vestido ajustado que ya le había arrancado de un tirón. La boca de ella se abalanzó sobre su verga morada, gruesa como un brazo, mientras sus tetas rebotaban libres al ritmo de los primeros lametones que le daba a las bolas pesadas, duras como piedras. La empujó de espaldas sobre la cama sin piedad, le abrió las piernas de par en par y le clavó la lengua en el coño empapado, lamiendo hasta que los jugos le resbalaban por la barbilla y ella le suplicaba con gemidos que no parara. Pero él tenía otros planes: la volteó boca abajo, le levantó el culo prieto como dos manzanas maduras y se la empotró de una sola estocada, sintiendo cómo el coño estrecho lo devoraba al ritmo de sus embestidas brutales, que hacían crujir la cama como un trueno. Ella chillaba cada vez que la polla le llegaba al fondo, con los muslos temblando y las uñas arañando las sábanas mientras él le azotaba el culo rojo a cada envite, dejándole marcas de dedos que pronto serían moretones. El sudor les resbalaba por la piel pegajosa mientras él la follaba boca arriba, levantándole las piernas para penetrarla hasta el útero, y cada vez que salía, ella se retorcía de placer sabiendo que pronto volvería con toda la fuerza de su cuerpo musculoso. Los gemidos se volvieron roncos, la humedad del coño resbalaba por sus muslos y él no pudo aguantar más: se enterró hasta las pelotas y se corrió dentro con un rugido, llenándola de leche caliente que le goteaba por las piernas al salir, mientras ella se retorcía de éxtasis con los ojos en blanco y la boca abierta buscando más aire. Cuando por fin se desplomó a su lado, sudorosa y jadeante, aún podía sentir cómo el coño le latía al ritmo de los últimos espasmos de placer, recordándole que esa noche no había sido un simple polvo, sino una follada que le iba a durar días en la memoria.