Morena cachonda se traga la polla dura y blanca
Desde que la vio por primera vez en la tienda de café, él no podía quitarle los ojos de encima a esa morena de tetas enormes y caderas que le hacían olvidar hasta su propio nombre. Se acercaba con paso seguro, moviendo las nalgas como si supiera que esa noche no iba a dormir sola, y al abrir la puerta de su casa lo saludó con una sonrisa pícara mientras se lamía los labios rojos como fresas. Él no perdió ni un segundo, la agarró por la cintura y la empujó contra la pared, sintiendo cómo sus tetas blandas se aplastaban contra el muro mientras le bajaba el pantalón con un tirón seco. Ella soltó un gemido ronco cuando le agarró la polla gruesa y palpitante con ambas manos, comprobando lo bien que llenaba su mano antes de llevársela a la boca con un gruñido de placer. No hubo tiempo para preámbulos: con la lengua juguetona le lamió el glande hinchado y los huevos pesados, notando cómo se le ponía la piel de gallina cuando él le agarraba el pelo y le clavaba los dedos en el culo para acercarla más. La morena no se hizo rogar, abrió bien la boca y se tragó hasta la mitad de esa verga monstruosa, sintiendo cómo le llegaba hasta la garganta mientras los ojos se le humedecían y las babas le resbalaban por la barbilla. Él gruñó como un animal, embistiendo con fuerza hasta que ella se ahogó levemente, pero en vez de apartarse, se aferró a sus muslos y lo miró con los ojos brillantes de deseo, pidiéndole sin palabras que no se detuviera. La cambió de postura al instante, la puso de espaldas sobre la mesa de la cocina y le quitó el tanga de un tirón, dejando al descubierto un coño empapado que olía a sexo y a café recién hecho. Con una sola embestida profunda le abrió el agujero hasta el fondo, arrancándole un grito agudo que resonó en toda la casa mientras sus tetas rebotaban con cada golpe. Ella se sujetó al borde de la mesa, con las piernas temblorosas y los muslos chorreando, mientras él la follaba sin piedad, sintiendo cómo sus paredes se contraían y lo succionaban con cada envite. La morena no pudo aguantar más, se corrió gritando su nombre con la voz ronca y el cuerpo convulsionando, pero él no aflojó ni un segundo, siguió empotrándola con más fuerza hasta que notó cómo sus pelotas se tensaban y el esperma caliente le estallaba en la cara, salpicándole las tetas, la boca y hasta el pelo. Ella se quedó ahí, jadeando y con la mascarilla de corrida brillándole en la piel, mientras él se sacaba la polla despacio y le escupía en la boca lo que le quedaba, riéndose de su cara de idiota satisfecha.