MILF británica se quita el vestido en el pub y enciende el ambiente
La tía lleva semanas mostrando esos labios rojos mordidos cada vez que pasa frente al espejo del baño, pero hoy no hay tiempo para miraditas: el pub está lleno y la polla del primero que se le acerque va a probar su coño rasurado sin más preámbulos. Se quita el vestido negro ajustado en cuanto cruza la puerta, dejando caer los tacones al suelo con un golpe seco mientras se baja las medias de red con los dientes, mostrando unas piernas largas y musculosas que no tienen nada que ver con la imagen de la abogada seria que usa en el juzgado. El camarero, un tipo con brazos tatuados y barriga cervecera, se atraganta con la pinta al verla lamerse los pezones duros y gruesos mientras camina hacia la barra, frotándose el pubis depilado contra el borde de la madera para que todos noten lo mojada que está ya sin necesidad de tocarla. Un par de borrachos intentan acercarse, pero ella los aparta con un meneo de culo en forma de media luna, empujándolos hacia atrás mientras gruñe que solo quiere a alguien que la empotre contra la pared hasta dejarle los muslos temblando. Un moreno de pelo engominado y camisa abierta se acerca, le mete dos dedos en el coño sin avisar y ella jadea con los ojos brillantes, agarrándose a su pecho para no caer mientras le susurra al oído que le va a arrancar la polla si no la llena hasta la garganta. La música del pub se convierte en un zumbido lejano cuando él la levanta en volandas, le clava las uñas en las nalgas redondas y la empala contra la barra, haciendo que los vasos bailen con cada embestida brutal que le sacude las tetas desbordadas. Los pezones, duros como piedras, rozan contra la madera cada vez que él la golpea por detrás, y ella no para de gemir con la boca abierta, escupiendo saliva al suelo mientras le pide más fuerte, más profundo, que le reviente el útero con esa verga monstruosa. El calor del pub y el sudor de los cuerpos se mezclan con el olor a sexo cuando él le baja la cabeza para morderle el cuello mientras le clava los dedos en las caderas, marcando moretones que durarán días, y ella se corre con un grito ahogado, apretando el coño alrededor de su polla hasta que él no aguanta más y se vacía dentro con un rugido, dejando su vientre temblando y las piernas convertidas en gelatina. Cuando por fin la suelta, la tía se limpia los labios hinchados con el dorso de la mano, sonríe con los dientes manchados de pintalabios y se sube el vestido rasgado sobre las caderas, mostrando que ni siquiera se ha puesto bragas después de tanta follada.