Mi terapeuta me empotra el culo en su consulta
Desde que entró con ese vestido ceñido que le marcaba el culo prieto y esas tetas bien redondas, él no podía concentrarse en nada más que en el coño empapado que se le escapaba entre las piernas al caminar. La primera vez que la vio sentada en el diván, cruzando las piernas con ese aire de mojigata que le ponía cardíaco, ya supo que terminaría empalando ese culito estrecho que tanto le gustaba imaginar. Cuando ella se agachó para recoger el bolígrafo que se le cayó, juro que el culo le tembló de solo verlo moverse bajo esa tela fina que apenas cubría nada. Sin pensarlo dos veces, la agarró por la cintura con una mano y le bajó la ropa interior de un tirón, dejando al descubierto un coño rosado y chorreante que pedía a gritos que le metieran algo duro. Ella no opuso resistencia, más bien gimió cuando él le pasó la lengua por el cuello y le susurró al oído que necesitaba follarle el culo como una puta en celo. La colocó a cuatro patas sobre el diván, le escupió en el culo para lubricar y, sin aviso, le enterró la polla hasta las pelotas en ese agujero virgen que solo él había tocado. Los gemidos de ella resonaban en las paredes mientras él la embestía con fuerza brutal, agarrándole las caderas para hundirse cada vez más hondo, sintiendo cómo el coño le chorreaba de excitación. Cambió a postura de perrito, le levantó una pierna y le metió dos dedos en la concha al mismo tiempo que le martillaba el culo, haciendo que gritara como una loca pidiendo más. Cuando él notó que los muslos le temblaban y el aliento se le cortaba, supo que estaba cerca del orgasmo, así que la volteó boca arriba y la empotró contra el suelo, con las piernas sobre sus hombros para penetrarla hasta el fondo. Ella se corrió con un aullido, los jugos le resbalaban por las nalgas mientras él le llenaba el recto de leche caliente, dejándola hecha un desastre mojado y jadeante. La terapeuta, ahora convertida en su puta personal, le suplicó que no se detuviera hasta dejarla sin sentido, con el culo bien abierto y el esperma escurriéndosele entre las nalgas. La sesión terminó cuando él se corrió dentro de ella por segunda vez, esta vez en la concha, mientras ella se retorcía de placer bajo su cuerpo, con las tetas rebotando y la boca llena de babas de tanto gritar. El consultorio quedó hecho un desastre, con las bragas rotas, el lubricante esparcido por todas partes y el olor a sexo y sudor impregnando cada rincón.