Madison Wilde te enseña por qué odio a tu exnovia
—Cree que te puede reemplazar, ¿verdad?—. Eso fue lo que Madison Wilde murmuró mientras se arrodillaba frente a él, mordiéndose el labio al ver cómo su polla ya dura se mecía entre sus manos. Era una venganza perfecta: empotrar a ese idiota hasta que gimiera más fuerte que todas las zorras que su exnovia había coleccionado. Madison era pequeña, pero sus caderas apretadas y ese culo respingón le daban la ventaja —él no aguantaría ni cinco minutos dentro de su coño mojado—. Al principio, lo chupó despacio, saboreando cada gota de líquido preseminal que brotaba de la punta, disfrutando cómo él se retorcía bajo sus dedos. Pero luego, cuando lo montó a horcajadas, todo cambió: lo cabalgó con furia, hundiendo su polla hasta el fondo con cada embestida, sus tetitas chiquitas rebotando mientras él agarraba sus muslos con desesperación. Quería que recordara esto cada vez que mirara a otra mujer —y cuando por fin se corrió, llenándole el coño con un chorro caliente, Madison solo sonrió. Al fin y al cabo, ella siempre ganaba.