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La vecina se corre gritando con el clítoris enorme

11:19 1080P 3 Sin Categoría
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La vecina llevaba días imaginando cómo sería que ese moreno grandote le lamiera el coño hasta dejarla temblando, así que cuando él la empujó contra la pared del pasillo y le bajó el pantalón de un tirón, no opuso resistencia. Sus bragas ya estaban empapadas, el olor a sexo le nublaba la cabeza mientras él le separaba las nalgas con las dos manos y le escupía en el agujero del culo antes de clavarle la lengua directamente en el clítoris, grueso como un dedo meñique y palpitante bajo sus labios. Ella soltó un quejido gutural, agarraba sus pelos con los puños y le obligaba a chupar más fuerte, sintiendo cómo la polla dura de él se le clavaba en el muslo mientras gemía entrecortada: '¡Sí, así, no pares, que me voy a correr como una puta!'. Él no se detuvo ni un segundo, le succionaba el botón rosado entre los labios, mordisqueándolo con los dientes hasta que sintió cómo la carne se hinchaba bajo su lengua y ella empezaba a convulsionar, las piernas le flaqueaban mientras él la sostenía por la cintura para no dejarla caer. Los jugos le resbalaban por las piernas, su coño se abría como una flor mojada, y él aprovechó para meterle dos dedos bien profundos mientras le lamía el clítoris en círculos, haciéndola gritar como una loca hasta que el orgasmo le estalló en el vientre y le recorrió el cuerpo en oleadas que la dejaron jadeante y con los ojos en blanco. Él no se conformó con eso, se puso de rodillas y se tragó todo su sabor, lamiéndole el coño desde el culo hasta el clítoris, que ya no era un botón pequeño sino una protuberancia inflamada que le dolía de tanto placer. Ella se corrió otra vez, esta vez con la boca llena de su propia corrida, los muslos temblorosos mientras él le limpiaba los labios con la lengua y se reía al ver cómo se le escapaban los gemidos entrecortados. No contento, le dio la vuelta y la puso a cuatro patas en el suelo de la cocina, le levantó el culo bien alto y se la clavó desde atrás, empotrándola con fuerza mientras sus tetas rebotaban y su clítoris, aún sensible, rozaba el borde de la mesa. Cada embestida le arrancaba un quejido nuevo, los jugos le salpicaban las piernas y él no paraba de gruñirle al oído: 'Te voy a dejar el coño más abierto que una puta en un burdel', mientras ella solo podía arquear la espalda y dejarse llevar, sintiendo cómo el clítoris le latía al ritmo de sus caderas hasta que el tercer orgasmo la dejó sin fuerzas, temblando sobre el suelo frío mientras él terminaba de vaciarse dentro de ella con un gruñido animal. Cuando por fin se separaron, ella tenía el coño enrojecido, el clítoris hinchado como una ciruela madura y las piernas llenas de marcas de dedos donde él la había agarrado con desesperación.

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