La novia caliente chupa la polla de su novio cuando él se va
La novia llevaba todo el día mordiéndose los labios cada vez que su novio se ponía los pantalones, imaginando cómo le iba a tragar esa verga gruesa y palpitante que tanto le gustaba. Al quedarse sola en el departamento, no pudo resistirse: se quitó el vestido ajustado que le marcaba el culo prieto y se masturbó un rato con los dedos mientras se corría pensando en su polla dura como piedra. Pero no era suficiente, necesitaba más, así que se arrodilló en el sofá con las piernas bien abiertas y se metió la polla del novio en la boca sin avisar, sintiendo cómo se le endurecía al instante con ese calor húmedo que solo ella sabía darle. Él llegó del trabajo con la corbata aún puesta y se la encontró con los labios brillantes de saliva, los ojos brillosos y las tetas pequeñas pero firmes moviéndose al ritmo de sus embestidas profundas mientras le chupaba hasta la base. La novia no se conformó con un simple mamada: se la sacó de la boca, se levantó la falda hasta la cintura y se empaló en esa verga gruesa que le partía el coño en dos, gimiendo como puta descontrolada mientras el novio la agarró de las caderas para clavársela hasta el fondo. Los gemidos resonaban en el apartamento mezclados con los sonidos húmedos de sus cuerpos chocando, los pezones duros rozando contra su camisa y los dedos del novio apretando el culo para meterle más profundo, como si quisiera romperle el coño de lo bueno que estaba. Ella se corrió gritando su nombre, con los jugos resbalando por las piernas y los muslos temblorosos, pero no paró ahí: lo empujó contra la pared, le bajó los pantalones y le empezó a mamar con desesperación, tragándosela entera mientras le acariciaba los huevos para que no se le bajara nunca. El novio no pudo aguantar más y se la metió de pie contra la pared, empalándola contra el espejo del recibidor mientras le mordía el hombro y le decía lo puta que era por dejarlo así de duro. La corrida llegó caliente y espesa, llenándole el coño de leche espumosa que resbaló por sus muslos cuando finalmente la soltó, dejándola jadeando y con las piernas temblorosas sobre el piso frío. No importaba si el marido llegaba en cualquier momento: el cuerpo le ardía de las ganas que tenía de follar toda la noche, y esa polla gruesa que ahora brillaba con sus jugos era la única que podía calmarla.