La monja cachonda descubre mi polla monstruosa
La monja de hábitos blancos estaba arrodillada rezando cuando me acerqué por detrás, su culo prieto contoneándose sin querer mientras murmuraba oraciones que pronto se convertirían en gemidos. Al sentir mi mano en su cintura, se sobresaltó pero no se apartó, como si su cuerpo ya supiera lo que iba a pasar. Le subí la falda con un tirón y metí mis dedos entre sus muslos, encontrando su coño empapado cuando pensé que estaría seco por lo sagrado. 'Dios mío, hermana, ¿tan mojada y no me avisó?' le susurré al oído mientras le mordía el lóbulo. Ella gimió mi nombre entre dientes, y fue ahí cuando sentí su mano temblorosa agarrando mi polla por primera vez, sus ojos abriéndose como platos al notar el grosor. 'No puede ser tan grande...' jadeó, pero ya era tarde, porque me la estaba metiendo hasta las pelotas entre sus nalgas, sintiendo cómo su vagina se estremecía al recibirme entera de golpe. Cada embestida hacía crujir la madera del banco de la capilla, sus tetas saltando bajo el hábito mientras la penetraba sin dejar nada fuera. Cuando se corrió, me apretó contra su culo como si quisiera que la llenara para siempre, sus músculos vaginales temblando alrededor de mi verga. Al terminar, me miró con los ojos vidriosos y me dijo: 'Padre... ¿esto es pecado o redención?'