La enfermera caliente se corre gritando en la consulta
Llevaba días imaginando cómo sería tener a aquella morena de curvas explosivas y tetas enormes doblada sobre el escritorio de la consulta con nada más que un tanga de encaje negro y los labios pintados de rojo intenso. Cuando él entró sin avisar y la encontró mordiéndose el labio inferior con esos ojos verdes que prometían pecado, supo que la fantasía iba a hacerse realidad. Sin perder ni un segundo más, le arrancó el tanga de un tirón mientras ella gemía con voz ronca, pidiendo a gritos que le metiera la polla hasta el fondo. Él no necesitó más invitación: la agarró de las caderas con fuerza y se la empotró de un golpe seco, sintiendo cómo su coño empapado abrazaba cada centímetro de su verga gruesa. Las embestidas eran brutales, el sonido de las pieles chocando se mezclaba con los gritos de ella pidiendo más, más fuerte, que no parara. Ella se retorcía de placer, con las tetas rebotando sin control mientras él le agarraba los pechos y le clavaba los dedos en las nalgas, marcándola con cada embestida profunda. Los gemidos se volvieron más agudos, más desesperados, hasta que él sintió cómo su coño se contraía alrededor de su polla en espasmos salvajes, anunciando el orgasmo que la sacudía desde los pies hasta la cabeza. El médico no se contuvo: con un gruñido gutural, le soltó toda su leche bien caliente dentro, llenándola hasta que el semen le resbalaba por las piernas mientras ella seguía temblando de placer. La escena terminó con ella tirada sobre el escritorio, jadeando, con las piernas temblorosas y una sonrisa de satisfacción absoluta dibujada en la cara, sabiendo que aquel momento quedaría grabado en su memoria como el mejor polvo de su vida.