Joven latina de 18 años se deja empotrar con saña
La brasileña llegó con sus tacones altísimos y ese culito prieto que no paraba de menearse al caminar, unos lentes que le daban un aire de estudiante viciosa y un cuerpo flaquito pero lleno de curvas que pedían a gritos que la destrozaran. Él apenas pudo resistirse cuando ella le soltó un 'ven, alemán, que ya cumplí dieciocho' con esa voz melosa y un guiño que le dejó la polla más dura que una piedra. Sin pensarlo dos veces, la agarró del pelo y le clavó la lengua en la boca mientras le arrancaba el sujetador de encaje que apenas cubría unas tetas naturales, firmes y con esos pezones duros que se le erizaban al contacto. Ella gimió como una perra en celo al sentir su verga gruesa rozándole el coño mojadísimo, empapado desde que lo vio entrar con esa mirada de bestia hambrienta. La empujó contra la pared, le bajó las bragas de seda y le lamió el coño de arriba abajo, sintiendo cómo los jugos le chorreaban por los muslos mientras ella jadeaba y se agarraba a sus hombros con las uñas pintadas de rojo. Cuando por fin se la metió, fue con embestidas brutales que le hacían chocar las tetas contra el pecho de él, mientras sus gritos de placer llenaban la habitación y sus tacones golpeaban el suelo al ritmo de cada impacto. La polla le llegaba hasta el fondo, estirándole la entrada como una puta bien usada, y él no se detuvo hasta que ella empezó a temblar y a correrse sobre su verga, gritando su nombre con voz ronca mientras los chorros de leche le salpicaban la barriga y el ombligo. Quedó tirada en el suelo, con las piernas abiertas, los muslos pegajosos de semen y esa cara de zorra satisfecha que solo tienen las que han sido bien folladas. Él se quedó mirándola con la polla aún goteando, sabiendo que esa noche no iba a dormir ni un segundo.