Follada brutal en terraza llena de gente gritando
Era una noche de verano y el restaurante estaba hasta los topes, pero a nadie le importaba ver cómo esa putita mayor se dejaba empalar el culo por un macho que no paraba de gruñirle mientras le metía los dedos en el coño empapado. La mujer, una morena de tetas grandes y culo redondo, no podía dejar de gemir aunque intentara taparse la boca con la mano, pero los gritos se le escapaban igual entrecortados y llenos de placer cuando él le clavaba la polla hasta el fondo, sacudiéndola con embestidas brutales que hacían temblar hasta la mesa de al lado. Los demás comensales, algunos con la comida a medio terminar, no podían apartar la vista mientras él le bajaba el vestido negro hasta la cintura, dejando sus pechos al aire y la tanga hecha jirones colgando de una pierna. Ella, con las uñas clavadas en la mesa de mármol, no dejaba de repetir que no aguantaba más, que se iba a correr como una perra en celo, pero él solo se reía y le agarraba el pelo para obligarla a arquear más la espalda y recibir cada embestida sin piedad. La leche caliente le resbalaba por las piernas cuando por fin se dejó ir, corriéndose con unos espasmos que le retorcían el cuerpo entero mientras él, lejos de detenerse, seguía metiéndosela hasta que la punta le rozaba las entrañas y notaba cómo se le llenaba el culo de semen espeso que se le escurría entre los muslos temblorosos. La morena, con los labios entreabiertos y la mirada perdida, no podía creer que acabara de vivir el polvo más salvaje de su vida justo donde cualquier hijo de puta podía verla, pero lo único que le importaba en ese momento era que él no parara, que siguiera follándosela como si el mundo fuera a acabarse en cualquier segundo. El público, entre risas y murmullos, no tenía palabras para describir lo que acababan de presenciar: una milf descarada recibiendo una follada anal que le dejaba el culo rojo y tembloroso, con las piernas abiertas y el coño chorreando jugos de puro placer. Cuando por fin se separaron, ella se limpió los restos de corrida de entre las nalgas con un pañuelo arrugado mientras él se abrochaba los pantalones, satisfecho, dejando claro que esa no sería la última vez que la viera gimiendo como una puta en celo.