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Eva la pelirroja se deja empotrar en la playa con lefa en las tetas

23:51 1080P 7 Mamadas
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Estúdio SCOUT69official

La pelirroja Eva Lange, un cuerpo de infarto con unas tetas perfectas que se le mueven como locas cada vez que corre, no pudo resistirse cuando su vecino la arrinconó en la arena de la playa pública. Él, con esa verga gruesa que siempre le pone los cojones duros, le lanzó una mirada de las que derriten mientras le susurraba al oído que no podía aguantar más sin clavársela hasta el fondo. Eva, que ya tenía el coño empapado desde que lo vio con el bañador mojándosele en la entrepierna, se dejó caer de rodillas sobre la toalla y se tragó aquellos huevos pesados como si fueran su postre favorito, chupando con ansias y gimiendo como una perra en celo mientras su lengua jugaba con las venas palpitantes de su polla. Él no perdió el tiempo, la levantó de un tirón por las caderas y la empotró contra el tronco de una palmera, sintiendo cómo su coño se abría como una flor al sol para recibir cada embestida brutal que le arrancaba gritos ahogados entre los jadeos. Eva, con las tetas rebotando al ritmo de los golpes, se agarró con fuerza a la corteza áspera mientras él le metía los dedos en la boca para que lamiera el sabor salado de su propia excitación. La arena se les pegaba a la piel sudada mientras el sonido de los choques de carne se mezclaba con los chillidos de ella, que no paraba de gemir que quería que se corriera dentro, que quería sentir su leche caliente resbalando por sus tetas duras y redondas. Él, al borde del abismo, sacó la polla de golpe y se corrió a chorros sobre aquellos melones perfectos, dejando hilos blancos que se mezclaban con el agua salada que le resbalaba por los muslos. Eva, con la respiración entrecortada, se llevó los dedos a la boca y se los chupó mientras le pedía más, más fuerte, que no parara hasta dejarla llena de leche y sudor. La playa entera parecía temblar con sus gemidos, y cuando él volvió a clavársela hasta las entrañas, ella se corrió con un espasmo que le hizo arquear la espalda como un arco, con los muslos temblando y el coño goteando por la intensidad del orgasmo. No importaba que estuvieran a metros de otros bañistas, porque en ese momento solo existían ellos, el olor a sal y sexo, y la necesidad desesperada de follarse hasta reventar.

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