El marido de mi mejor amiga me hace correrme a chorros
La muy zorra de mi amiga siempre presumía de lo bien que la trataba su viejo, pero yo sabía que su marido tenía una verga que parecía un fierro y una maestría para dejarlas bien mojadas. Desde el primer día que lo vi con esa camiseta ajustada que le marcaba hasta el último centímetro de su paquete, supe que terminaría con mi coño empapado y mis bragas destrozadas. Esa tarde, mientras ella estaba en el gimnasio, él llegó a mi casa con la excusa de pedirme un cargador de móvil que "olvidó" la última vez que estuvo aquí. Lo único que olvidó fue cerrar la puerta con llave y dejarme con la boca abierta al verlo con esos jeans rotos que apenas le tapaban el culo prieto. Me empujó contra el sofá, me arrancó la camiseta sin preguntar y se lanzó a morderme los pezones mientras sus dedos se hundían en mi raja hasta dejarme el coño en llamas. Grité cuando me levantó en peso y me empotró contra la pared, sintiendo cómo su gruesa polla me desgarraba por dentro al ritmo de sus embestidas brutales. Cada vez que me azotaba el culo con la palma abierta, mi cuerpo respondía con un chorro caliente que le resbalaba por las piernas, mojándole los pantalones mientras me clavaba más hondo. Él no se detuvo ni un segundo, jadeando como un animal en celo mientras me susurraba al oído lo perra que soy y lo bien que sabe mi miel. Cuando por fin frenó y me tumbó de espaldas en la alfombra, sus caderas se movieron como un demonio hasta que mi espalda se arqueó en un espasmo y un géiser de jugos me brotó entre los muslos, empapándole la mano y la entrepierna de su pantalón. Se corrió justo encima de mi cara, rociándome la boca con chorros espesos que tragaba sin dejar ni una gota, mientras sus gruñidos de bestia satisfecha resonaban en toda la casa. La humillación solo hizo que mi coño palpitara más, deseando que la próxima vez me usara para algo más que un simple polvo de venganza contra mi amiga.